La Onda



La Oficina Nacional de Derechos de Autor siempre fue un cuchitril, arrimado a una pequeña dependencia del Archivo General de la Nación.

Inscribir una obra costaba cuatrocientos pesos, y una se iba de lo más contenta a su casa pensando que su obra estaba segura contra plagios y otras malas hierbas.

Eso creía yo hasta que, cuando la Editora Nacional aprobó la publicación de mi Antología de Teatro, con una edición de mil ejemplares (que lamentablemente se redujo a cien, sin previo aviso, y con una portada no acordada con la autora) y fui a buscar copias de las obras en ONDA, la joven que me atendió primero no encontró ninguna de las obras en los archivos, y como justificación me informó que en una mudanza se habían perdido muchas cajas, entre ellas las que tenían mis obras, imagino.

En la Antología hay un ensayo introductorio sobre la producción femenina de teatro y un análisis de las obras desde la perspectiva de género; todas mis obras con fotos y al final ensayos críticos de las críticas de teatro más reputadas de la región, entre ellas Vibian Martínez (Casa de las Américas); Beatriz Risk, colombiana, profesora del Programa de Teatro Prometeo, de Miami Dade; Nancy Morejón, poeta, La Habana y la Dra. Yolanda Ricardo, de la Academia de Ciencias de Cuba. Un texto muy trabajado que pudo publicarse gracias a la diligencia de mis amistades quienes hurgando en sus archivos encontraron lo que se me perdió en la ONDA.

Hace días visite a una amiga escritora y me dijo horrorizada que había ido a inscribir sus obras y que ahora la ONDA cobra siete mil pesos, es decir, le ha aumentado a las inscripciones nada más y nada menos que ¡seis mil seiscientos pesos! Y claro que no las inscribió.

¿Que estará haciendo el flamante director Trajano Santana con esos fondos? Además de los que ahora percibe de manera oficial y del cambio del Ministerio de Cultura (sombrilla de todos los escritores y escritoras de este país) al Ministerio de Industria y Comercio y Pymes, mediante la Ley 436-17, del 19 de diciembre del 2017.

Quizás el Ministerio de Cultura “distorsionaba” la función de la ONDA, como se argumentó, y era “incongruente”, pero el Ministerio siempre ha entendido que la escritura no es un comercio y mucho menos una pequeña empresa (con algunas excepciones) y por ende no cobra tarifas excesivas por ningún servicio.

A menos que Trajano Santana haya invertido un dineral en computadoras y en un equipo profesional que está digitando todas las obras, para que todo aquel o aquella que las inscriba aparezca en orden alfabético y por fecha de entrega, su lógica función.