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La profecía de Simeón

La profecía de Simeón

Al presentar a Jesús en el templo, la profecía del sacerdote Simeón  sumergió a María, su madre,  en profundo dolor, al oírle decir al anciano: «Este Niño está puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y una espada traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones». (Lucas 2, 22-35).

Cuando a una pareja le nace un hijo,  todo es alegría y felicidad y al ser presentado en el templo, el sacerdote desea para ellos lo mejor. Pero, a María, Simeón le anunció  los grandes dolores que sufriría por causa de ese hijo que presentaba  en el templo.

¡Qué misteriosas palabras las de aquel anciano! Y era un hombre de Dios; por tanto, había que considerar sus palabras como un anuncio profético. Dependiendo de quién las diga, las palabras tienen o no tienen  valor.

Pero si vienen de la gente de Dios, de la gente de esperanza, de la gente que ha sabido aprovechar su vida y su experiencia en las cosas de Dios y de los hermanos, entonces su valor es incalculable.

 Dios puede estar detrás de lo que nos está diciendo esa persona. María pudo descubrir en ese momento que su vida no iba a ser fácil; que  quedaría  unida a la suerte de su Hijo.

Que el Hijo que llevaba a presentar en el  templo sería motivo de discordia, signo de contradicción. Que, a pesar de venir de Dios, no todos lo van a reconocer ni todos lo van a acoger.

María ha podido ver en las palabras de Simeón que el sufrimiento no va a estar ausente en la vida de ambos, pues Dios la ha llenado de su alegría y de su gracia pero no le va a evitar la capacidad para sufrir.

El reconocimiento amplio que Simeón hace del Niño como el Salvador, no ahorra el dolor y la pasión, no evita la muerte.

De hecho, todo ser que nace a la vida tendrá también que pasar por la muerte. Y eso iba a suceder con Jesús. El ser signo de contradicción le llevaría después a una muerte injusta y violenta.

 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez, cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu.

Se acerca más a José buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, su madre,  la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. Ana le dice: “Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael.

Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión”.

A Simeón, el Espíritu Santo le había prometido no morir sin ver el nacimiento del Mesías.

Breve como es el cántico, abunda en alusiones al Antiguo Testamento. Así en los siguientes versículos, “porque han visto mis ojos tu salvación” alude a Isaías, 52, 10.

El Nacional

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