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(Según la IA, «entender la ‘singularidad publicitaria’ como hija del ‘sincretismo’ y la ‘simbiosis’ es una forma fascinante de analizar cómo las marcas logran relevancia en un mundo saturado; y en este contexto, la ‘singularidad publicitaria’ no nace de la nada, ya que es el resultado de una mezcla genético-cultural y una colaboración estratégica»).
Al hablar de la «singularidad» me retrotraigo a aquellos largos meses posteriores al derrumbe del muro de Berlín, que marcó, aparentemente, el final simbólico de la guerra fría.
En uno de esos días, Silvano Lora, Pedro Mir, Dato Pagán y yo, sentados en el taller de Lora de la avenida Pasteur, nos planteamos el futuro de las «singularidades culturales» de un mundo que se vislumbraba unipolar; es decir, guiado por una sola hegemonía.
Nos preocupaba el desequilibrio que podría producirse entre los componentes físicos y abstractos que moldean la totalidad de las producciones mundiales y que, a la larga, son las que impregnan a las naciones de su «singularidad», esa cualidad que, evadiendo lo que cuantitativamente no responde a la especificidad local, crea la diferencia entre los pueblos y naciones, lo que Heidegger expuso como «el valor de un ser y que puede medirse por la capacidad de recrearse» («Identität und differenz», 1957). O sea, «que un ser es tanto más singular cuanto más capaz es de recrearse».
En aquella reunión nos preocupó lo que se produjo en la URSS tras el fracaso de la reestructuración económica (perestroika) y la apertura política (glásnost) ideadas por Mijail Gorbachov, en donde no se tomó en cuenta la catástrofe social de imponer una cultura económica liberal en donde el «sujeto económico» era el mercado, un sistema de «economía dirigida».
Pedro Mir, Dato Pagán, Silvano Lora y yo, sabíamos que desde hacía algún tiempo la URSS y los países europeos dirigidos por partidos comunistas (que integraban el «Pacto de Varsovia», una alianza militar formada en 1955 para enfrentar a la OTAN -Organización del Tratado del Atlántico Norte, creada en 1949) habían sido penetrados por la «americanización» que arropaba a Europa luego de la implementación del Plan Marshall (Programa de Recuperación Europea), en donde era notable palpar la fiebre consumista, los modelos de producción norteamericanos y los cambios graduales que reconfiguraron profundamente la identidad europea.
Desde luego, esta reconfiguración cultural no hubiese sido posible sin el bombardeo cinematográfico hollywoodense y de una constante y agresiva publicidad desplegada por múltiples agencias publicitarias norteamericanas, que instalaron sucursales en Europa.
A partir de ahí, la Coca-Cola, los pantalones jeans, el hot-dog, el rocanrol, etc., se constituyeron en modelos de consumo.
También sabíamos, que no hay conquista completa de una ideología hasta que la «singularidad cultural», esa fortaleza que construye al sujeto a través del «sincretismo» y la «simbiosis», moldee al individuo, a la sociedad, confiriéndole su apertura al mundo.

