Sesgo que nos desvía de la carretera Duarte, Santiago-Montecristi, para entrar en otro tramo, Esperanza-Montecristi. No acorta distancia, pero permite disfrutar de un camino agradable, sin las pretensiones de aquélla, sí con más atracciones y riquezas naturales. Buena para el turismo interno.
Poco antes de tomar la ruta sugerida, nos abraza en Jicomé verdes y extensos arrozales, que dejamos atrás cuando entramos a Esperanza, rodeada otrora por espesos cañaverales que hace décadas dieron paso a nuevas urbanizaciones, entre improvisadas plantaciones de maíz, yuca, batata, plátano, verduras y otros cultivos de ciclo corto.
Una zona franca industrial aspira a legitimarse en procura de una prosperidad que se asoma y esconde alternativamente. Su geografía y urbanidad se nos ofrece concéntrica y calidad, e invitan al pasajero a una para de aprovisionamiento y descanso. Esto es, comer, ir al baño y echar combustible.
Mao nos espera, tras cruzar el inmenso Yaque del Norte, pero tan pronto entramos lo dejamos atrás a menos que pernoctemos en uno de los acogedores hoteles en esta urbe tan bien dotada como venturosa en sus bellos atardeceres.
Sigues y te adentras al oeste en una carretera bien acondicionada franqueada de árboles frondosos entre frutales y sembradíos empeñados en atraernos. Juntos a extensos pastizales donde pasta el ganado, nos recuerdan que el Yaque nos sigue haciendo compañía.
Entre Piloto, Cana Chapetón, La Peña y el bello Ranchadero con un parque tan rico y natural como sus posadas las colmenas de miel Noelia endulzan el campo.
Arribamos, entonces, a la bifurcación con la opción tomar las Matas de Santa Cruz o Guayubín. Atajo la primera, va directo a Manzanillo y Dajabón. La segunda, a Montecristi, pasando por Juan Gómez, Villa Elisa y Villa Vázquez. Y el Morro que no duerme, se levanta a saludar nuestra feliz llegada a Montecristi.
Por: Eduardo Álvarez
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