La visita de Sánchez y la coincidencia de los 80 años del exilio republicano español



La visita oficial del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, a República Dominicana pareció diseñada para cumplir el objetivo de transmitir una posición común respecto al clima belicista que se cierne sobre Venezuela y para visibilizar la firma de acuerdos en materia de cooperación económica.
La ciudad de Santo Domingo era una escala amable antes de celebrar la primera reunión con Andrés Manuel López Obrador en México.

A pesar de ser un marco de análisis previsible, entiendo que la actualidad no debió ser la única invitada a las conversaciones mantenidas en el lenguaje de la diplomacia.

El encuentro era una ocasión idónea para subrayar que España conmemora en 2019 el 80ª aniversario del exilio republicano que encontró en otras tierras patrias de acogida.

El contraste del festejo de la efeméride en México con respecto a República Dominicana resulta inquietante: ¿A qué se debió el olvido intergubernamental del exilio español en RD? ¿Responde a la falta de interés o es algo que la oficialidad evita confrontar? ¿Qué características del exilio en cada país transforma en razonable o rechazable la conmemoración? ¿Cárdenas versus Trujillo es la dialéctica que domina la memoria del exilio? ¿El límite temporal de la visita condicionó la agenda?
Es preciso reconocer que cada clase dirigente impone una singular apropiación del pasado que contribuye a definir rasgos de la identidad colectiva.

Las estrategias de rememoración no son coincidentes, aunque el recuerdo pudiera ser transversal. Lo que en unos lugares nutre a la memoria oficial en otras latitudes puede ser alimento de las “contra memorias”.
López Obrador reclama ser heredero del legado del presidente Lázaro Cárdenas. Ensalza su capacidad para tener una agenda política propia y la defensa de la hospitalidad en la esfera de las relaciones internacionales. Su sola mención es fuente de legitimidad histórica.

Sin embargo, creo que debemos desplazar la reflexión a los terrenos donde no llegan las luces/sombras de Lázaro Cárdenas y Rafael Leónidas Trujillo (las publicaciones de investigadores como Juan B. Alfonseca tienen esa virtud).

Subrayar sus influencias es como lanzar un ancla argumental que ofrece confianza, da y quita razones, pero evita que nazcan otras lecturas.

Una posición clásica consistía en justificar los vínculos presentes con el exilio en función de la trascendencia intelectual de las personalidades que vivieron en cada destino. En México: María Zambrano, José Gaos, Eduardo Nicol, Joaquín Xirau, Luis Recasens Siches, Eugenio Ímaz, Wenceslao Roces o Adolfo Sánchez Vázquez (limitándome al campo de la filosofía). La lista sería interminable si incluyera los nombres de la política o de otras disciplinas académicas.

Pero lo dicho no es óbice para que al repasar los nombres del exilio español en Dominicana uno se asombre por su importancia. Pensemos en Javier Malagón, Bernardo Giner de los Ríos, José Almoina, Vicente Herrero, Fernando Sainz Ruiz, Bernardo de Quirós etc.

Otro modo de justificación era insistir en las formas diversas de incorporación de los exiliados a los tejidos institucionales y la vigencia de espacios donde la huella es latente. México contó con intelectuales de la talla de Alfonso Reyes o Daniel Cosío Villegas que impulsaron el nacimiento de instituciones, como la antigua Casa de España hoy Comex, cuya función fue ser santuario universitario del exilio (espacio elegido por Pedro Sánchez para pronunciar su conferencia “México, tierra de acogida: 80 años del exilio republicano español”). Dominicana, por el contrario, optó por la creación de cátedras especiales.

También suele subrayarse que en México hubo un trabajo previo de empatía hacia la república española a través de la labor de embajadores como Julio Álvarez del Vayo (pensemos en su correspondencia con el presidente Plutarco Elías Calles). Afecto y compromiso con el mundo republicano que continúo hasta el retorno de la democracia a España.

No por casualidad es en México donde se acuña el término “transterrados”.Aunque vale la pena destacar la visita puntual que Fernando de los Ríos realizó a Santo Domingoen 1938.

No obstante, considero un error buscar coartadas a la ausencia/presencia del exilio en lugares tan transitados. Pienso que esos árboles no nos dejan ver el bosque.

Quisiera reivindicar la memoria de exilio español en Dominicana porque su lectura es menos lineal y más compleja en sus implicaciones éticas, ya que genera una apertura hacia la conflictividad que emana del pasado.

Es una invitación teórica que rehúye los juicios éticos precipitados que se formulan con la seguridad que da el habitar en un contexto socio político confortable.

Es una pequeña historia declarada en rebeldía frente a los clichés. Repasar el caso Galíndez bastaría para dar cuenta de su singularidad.

El exilio en la isla nos legó documentos interesantes para conocer la mirada trujillista autocomplaciente, entre ellos: la “Historia Gráfica de la República Dominicana” con textos de José Ramón Estella e ilustraciones de José Alloza Villagrasa o la obra “Trujillo o la transfiguración dominicana” de Ramón Fernández Mato.

Figuras relevantes en el periodismo de la época y que cito por la sorpresa que me produjo la calidad de sus ediciones, aunque estuviesen al servicio de una causa que no comparto.

Los libros mencionados conectan saber y poder, pero también podrían citarse miradas contrapuestas. El texto por excelencia en este sentido sería “Memorias de una emigración (Santo Domingo, 1939-1945)” de Vicente Llorens. El intelectual español brindó a los dominicanos las primeras antologías de prosa y verso de su literatura. Es un hito en el que detenerse para pensar el exilio con radicalidad.

Actualidad e historia pueden reconciliarse cuando hacemos memoria. El olvido es su contracara, una ausencia con profundo significado político. Lo pertinente en Ciudad de México no tiene porque serlo en Santo Domingo.