Editorial

Lágrimas de sangre

Lágrimas de sangre

El Gobierno ha firmado un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que Dios quiera no cause, como  otros convenios de ese tipo,  que la población llore lágrimas de sangre.

 Aunque esta vez,  al fragor de la peor crisis económica en más de 80 años, el FMI parece adjurar a su receta de obligar a los gobiernos a promover miserias para  garantizar el pago de la deuda externa, sería un error confundir a ese gendarme con  Santa Claus.

En efecto, la carta de intención requerida por el FMI conlleva el compromiso del Gobierno dominicano de  aplicar un riguroso programa de reformas estructurales en los sectores fiscal, tributario, electricidad y supervisión bancaria.

En el ámbito oficial se mercadea la falsa impresión de que ese acuerdo  garantiza un  significativo incremento del gasto o de la inversión pública, pero se  soslaya  el compromiso del Gobierno de disminuir en 2009  el déficit del sector público hasta un 0,8 por ciento del PIB, reducirlo a cero en 2010 y promover un superávit del  2% en 2012.

 Eso quiere decir que el Gobierno estará obligado a  desinflar el gasto corriente, aunque se prevé un incremento de capital por vía de  los mil 600 millones de dólares que ingresarán a la economía por motivo del acuerdo con el FMI.

La tarea más difícil  entre las obligaciones  que se  derivan de ese convenio es la ejecución de una profunda reforma en  el agónico sector  eléctrico que sería afectado  por  drásticas reducciones de exenciones tributarias y transferencias presupuestales.

 Es verdad que la política  fiscal  anticíclica que aconseja el FMI supone un incremento  en la inversión de capital, pero no debería olvidarse que ese gendarme exige también drástica reducción  del  abultado gasto público.

No se niega que  el acuerdo con el FMI constituye la mejor vía para aliviar la aguda crisis económica local,  pero es menester advertir que su incumplimiento conllevaría  el colapso total de la economía y a que  de nuevo la población llore lágrimas de sangre.

El Nacional

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