Opinión Articulistas

Letras y gobierno

Letras y gobierno

Elvis Valoy

Cuando el aedo español Antonio Machado fue hallado muerto en Francia, únicamente se le encontró el inicio de un poema en sus bolsillos. La historia de la literatura dominicana es todo lo contrario. Ésta es la relación sombría entre la pluma y el poder.

Poetas, escritores, ensayistas, etc., son asiduos a «merodear» por los predios de los gobiernos de turno -en algunas ocasiones de manera discreta, pero en otras sin pudor- en busca de protección, mecenazgo estatal, o simplemente por sobrevivencia. Los ejemplos sobran.

El decimero popular Juan Antonio Alix dedicó parte de su producción a glorificar al despiadado tirano Ulises Heureaux (Lilís) del cual era un mantenido. Igualmente, Enrique Henríquez, autor del poema Miserere, no fue diferente; este vate fue un alabardero de los gobiernos lilisistas, de los cuales logró ser un alto funcionario.

Y de tal palo tal astilla: Su hijo Enrique Apolinar Henríquez fue un lambiscón y lisonjero del poder de turno; este bardo, fue quien sugirió que no fueran 4, sino 6 los años que debía permanecer Horacio Vásquez en el poder.

La lista de los amanuenses es amplia: Tanto Tulio Manuel Cestero como su tío Miguel Ángel Garrido fueron cortesanos. El personaje de Arturo Aybar que se la «busca» con los mandatarios en la novela La Sangre de Cestero, parece radiografía del mismo escritor.

Pero el non plus ultra de la proterva adulación lo fue Manuel Arturo Peña Batlle. Cuando «surgió» la idea de incrementar a 6 los años en el poder de Vásquez, Peña Batlle pertenecía al partido nacionalista de Américo Lugo, renunciando subsiguientemente para adherirse a las huestes horacistas.

Derrocado Vásquez por Trujillo en el 1930, Peña Batlle entró en depresión, siendo posteriormente llamado por el dictador, «convirtiéndose» el tránsfuga ilustrado en más trujillista que «Mamá Julia».