Todos los hombres públicos, muy especialmente los grandes dirigentes políticos que han administrado el Estado, en cualquier país y en cualquier época, se pueden clasificar en dos grandes grupos: los intrascendentes y los trascendentes.
Lo que diferencia a los personajes trascendentes de los intrascendentes no es la relevancia o no que hayan tenido en su tiempo, menos en este tiempo de redes sociales y fake News, ni la larga duración o el carácter efímero del gobierno que representaron.
Tampoco es determinante el tamaño del país o la sociedad en que actuaron esos señores, sin ignorar la magnitud de su incidencia en los mercados, ni la publicidad buena o mala que hayan recibido.
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Lo que define a cada uno de los estadistas intrascendentes o trascendentes son los propósitos que caracterizaron sus actuaciones, independientemente de que lo hayan materializado o no.
Si los líderes solo buscaron intereses o beneficios materiales para ellos o para sus grupos o secuaces, son intrascendentes. Pero si vivieron comidos por el ansia de servir a su país, en base a principios y valores fundamentados en el bien común, y por su lucha contra las injusticias sociales, entonces son trascendentes.
En síntesis, y a modo de ejemplo en nuestro país, podemos aseverar que fueron líderes intrascendentes el general Pedro Santana, Buenaventura Báez, Ulises Heureaux (Lilís) y Trujillo. Paro para no causar escozor en algunos personajes de hoy.
Por el contrario, fueron líderes trascendentes los señores Juan Pablo Duarte, Francisco Ulises Espaillat, Juan Bosch y Francisco Alberto Caamaño Deñó.
Esto así porque Pedro Santana fue un hatero que nunca creyó en la Patria. Ejerció el autoritarismo y terminó traicionando todo ideal de independencia.
Báez se preocupó solamente por sus ansias de poder y de acumulación de riquezas personales, aunque tuviera que vender el país.
Lilís fue sanguinario y ajeno a toda intención de proyectos de progreso social. Solo le interesó el manejo del poder por el poder mismo.
Trujillo fue tiránico, asesino frío y acumulador sin frenos de fortunas. Vio al país como su finca personal y a los dominicanos como parte de su ganado.
En cambio, Duarte, Espaillat, Bosch y Caamaño, que agrupamos por la similitud que reflejaron en sus desvelos de hombres públicos, dejaron su impronta histórica, que se basó en la búsqueda del engrandecimiento de la Patria, en el bienestar de la nación y la siembra de principios y valores de redención social y felicidad para todos.
Estos prohombres estuvieron en todo momento de su existencia dispuestos a sacrificarlo todo, hasta la propia vida, por servir de la mejor manera a su pueblo. Lo hicieron con plena conciencia de su deber. Nada más altruista y comprometido con el bienestar social.

