Hay un desorden en el sistema nervioso central estatal, o sea, en el Gobierno, que se propone liquidar instituciones oficiales sin el cierre definitivo, pero llevándolas al agotamiento.
Así sucede con el Instituto Agrario, que ejecuta la política agrarista del Estado: la tiene en capilla ardiente, enmohecida, y sin perspectivas que no sea su cierre definitivo.
Tanto empeño social-agrario, lucha interminable por reivindicar el hombre rural, desesperanzado y viviendo en sobresaltos continuos.
Estos últimos años nos indican la agudización de su trastorno. Se pensaba que habría una suerte de insurrección agraria, pero hoy todo es silencio, como si existiera la complicidad entre asentados y funcionarios en una red de corrupción que ha cortocircuitado el programa de consolidación y complementariedad, que en vez de evolucionar a empresas cooperativas y de autogestión, ha terminado en fragmentación y venta de parcelas.
El resultado es que ni la oposición política tiene ideas propias para sugerir; tampoco hay liderazgo agrario para pedir explicaciones de la contrarreforma.
Esto es penoso, los mecanismos internos de la institución rectora presentan síntomas de degeneración, degradada, y solo apuntalan el descontrol en las políticas del sector.
El saneamiento cae en lo utópico plantearlo y, por tanto, anula cualquier control real. Toda aquella suerte de constitución agraria, todo ese arsenal jurídico que es el Código Agrario que regula el funcionamiento institucional, reposa en las polvorientas gavetas oficiales.
Pocos espíritus ofrecen opciones, ni tienen arrojo suficiente como para embarcarse en la reparación del proceso y del sueño deseado.
Quienes gobiernan no tienen capacidad de conciliar ni el liderazgo adecuado para decantarse por acciones del bien común, solo se atreven si es en provecho propio o de su grupo.
Es decir, tener el poder de manipulación. Así que el agrarismo está literalmente muerto, y es responsabilidad del Gobierno asumir que no se le encasille como el sepulturero de aquel organismo que contribuyó a romper la estructura caciquil rural del país.

