La lluvia de la semana pasada tuvo algo más que intensidad meteorológica. Coincidió con una fecha cargada de memoria, con el primer aniversario de la tragedia del Jet Set, y por momentos parecía casi un mensaje divino: una extensión del luto, una forma en que el cielo también se sumaba a la tristeza colectiva con la que el 8 de abril quedó marcado para siempre. Fue imposible no sentir que la ciudad entera volvía a ponerse en pausa, otra vez bajo el peso de la conmoción, la vulnerabilidad y el recuerdo.
Pero más allá del simbolismo, la realidad es que el fenómeno atmosférico que ha rodeado a la isla en estos días vuelve a poner a prueba algo mucho más concreto: nuestra capacidad de prevención y el desempeño de las autoridades frente a eventos climáticos de gran escala. Y, lamentablemente, una vez más queda claro que seguimos reaccionando más de lo que prevenimos.
Las autoridades insisten en que ninguna ciudad resiste sin consecuencias una cantidad tan alta de milímetros de lluvia en tan poco tiempo. Y seguramente hay verdad en ese argumento. Pero también es verdad que una ciudad no puede resignarse a vivir atrapada entre la emergencia y la improvisación cada vez que cae un aguacero fuerte. Debe existir una respuesta estructural, una capacidad mínima de absorción, de drenaje y de manejo del riesgo que reduzca el impacto y evite que estas lluvias se traduzcan siempre en caos, pérdidas y angustia.
El Gran Santo Domingo necesita, con urgencia, una solución seria en materia de drenaje pluvial. Lo que hemos visto durante años, y lo que volvemos a ver ahora, no es solo consecuencia de la lluvia: es también resultado de una ciudad que históricamente ha crecido sin suficiente planificación urbana, sin infraestructura a la altura de su expansión y sin una visión de largo plazo que anticipe sus vulnerabilidades. El agua no hace más que revelar lo que durante demasiado tiempo se ha querido ignorar.
Aquí hay una responsabilidad compartida. Las autoridades tienen que mejorar los sistemas de alerta, las obras preventivas y la coordinación de respuesta. Pero la ciudadanía también debe asumir una actitud más atenta, más prudente y más consciente del riesgo. No se puede subestimar una advertencia meteorológica ni actuar como si cada episodio fuera un hecho aislado.
Lo que sigue ocurriendo en el Gran Santo Domingo debe servir como advertencia. La lluvia no solo pone a prueba el drenaje de la ciudad; también pone a prueba la autoridad, la planificación y nuestra capacidad colectiva de aprender. Y, hasta ahora, seguimos llegando tarde.
Orlando Jorge Villegas
orlandosjv@gmail.com

