Opinión

Maravillosa vida: un trato

Maravillosa vida: un trato

Cada vez que regreso al país, siento que la vida pierde su maravilla. “Aves sin nido”, las poetas, dice María Marta Donnet, de Santa Fe, Argentina: “cruzan el cielo, pero vuelven para medir la sombra de aquel pájaro que se aleja”.

¿Cuál pájaro?

“Nuestras musas”, dice Jenny Wasiuk, poeta de Misiones, esas que “viudas de mí, andan rondando esta cama-tumba, donde amontono mis muertes diarias”.

Es que: “Cuando Dios se va de la ciudad, los miedos aprietan las gargantas, las casas pierden sus formas, una muchedumbre se hunde en las veredas rotas… y frente a la plaza llora una campana que nadie toca”.
¿Cuál campana, Anny Guerini, si tú poetizas frente al mar de Bahía Blanca?.

La de Acrópolis, dice la mayor poeta de Buenos Aires: Beatriz Schaefer, donde “ya no hay consuelo para esta descarnadura. Apenas queda una sombra que yace detrás de antiguas sombras… Solo es cierta la ausencia de los dioses y… debajo todo el mar, quitándole límites al cielo”.

Experta en sobrevivencias, Ñumi Silva, del Paraguay, contrarresta con su risa los sombríos designios:
“Como la vida exige, voy al mercado, realizo tareas domésticas, y redacto notas periodísticas para ganarme la vida, para salvarme del padecimiento de los hábitos cotidianos hago teatro, escribo cuentos, y… fabrico dulces… para endulzar los días”.

¿De qué hablan ustedes?, pregunta Mawar Marzuki, poeta de Malasia, musulmana, cubierta desde la cabeza hasta los pies, con las prohibiciones de su cultura a las mujeres que se atreven a decir su palabra, a “occidentalizarse”.

Su “Epitafio para nombres” revela lo que significa ser poeta doquiera que la vida y el hombre intenten confinarnos: “El día en que definiste los nombres como epitafios, se libraron las palabras de las leyes de la gravedad. Murió el péndulo y la vida latió al centésimo de segundo”.

Con taquicardia poética y súbita presión alta, las poetas nos reunimos en Iguazú frente a un río y una hoguera donde, la escritora formosena Blanca Salcedo, ejercía como suma sacerdotisa.

Nos colocaron coronas con flores de cedro (árbol sagrado de los celtas y curiosamente de los guaraníes) y nos consagraron como diosas de un nuevo Génesis, el del renacimiento y el de la guaraní terca esperanza.
“Roi pota ka aguy y pora/

Roi kove pullia aja. / Yvyra pora kuery ta hory”. “Queremos que los montes sean hermosos / Hasta los últimos días de nuestras vidas / Que los mansos árboles se alegren…
Y, añado:

Quisiéramos candidatos políticos que hablen de lo simple que sería para la Nación que los responsables de la miseria colectiva, en vez de defenderse (muertos, o presos, no nos sirven), se despojaran de lo que no necesitan, para que todos y todas puedan descubrir la maravillosa vida.

El Nacional

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