Editorial

Mercado de pulgas

Mercado de pulgas

Juan Pablo Duarte describió  la política como “la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”, pero en República Dominicana ese magisterio se ha convertido en una especie de mercado de  donde  las conciencias se compran o se venden al mejor postor.

Hubo una vez en que el transfuguismo político se consideraba como imperdonable transgresión ética y moral, pero ahora ese tipo de inconducta se promueve y se justifica en litorales del Gobierno y de la oposición.

El éxodo o escisión que afectara a un partido político tenía  sus causas antes en  severas discrepancias  entre dimitentes y la dirección de la organización  por asuntos ideológicos, tácticos o estratégicos, pero hoy en día se alega un maltrato o la imposibilidad de obtener un cargo congresional para  saltar a la acera de enfrente.

Lo peor de todo esto es que los grandes partidos celebran cada vez que los  anzuelos  pescan  tiburones o sardinas en otras aguas, lo que ha reducido el ejercicio de la actividad política a  cofradía entre burdeles.

Años atrás,  casi todos los partidos del sistema  sufrieron crisis profundas que motivaron expulsiones y renuncias  de  connotados dirigentes y militantes, que  hasta llegaron a formar otras organizaciones, como fue el caso del Partido de la Liberación (PLD), fundado por  el profesor Juan Bosch, renunciante del Partido Revolucionario (PRD).

Organizaciones de  izquierda y derecha  pasaron por similares experiencias, pero en ningún caso se llegó a mencionar que tal o cual dirigente  cambió de chaqueta por 30 monedas.

Son muchos los venduteros políticos que han mudado de piel de la noche a la mañana a cambio de enganchar una candidatura en el partido contrario, como si los principios fueran lentejas.

Indigna saber que  ese burdo transfuguismo es promovido por jefes o líderes de los  grandes partidos que han montado en medio de la campaña electoral una  subasta pública de compra y venta de infelices almas.

El electorado parece compelido a inferir  en las urnas un  severo castigo moral a tan condenable conducta que degrada  el ejercicio de un digno quehacer.

Duele saber que ese mercado de conciencia opera con dinero público.

El Nacional

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