En las condiciones en que se encuentra el país la conmemoración del 155 aniversario de la gesta restauradora tiene especial trascendencia. La anexión a España fue proclamada por Pedro Santana el 18 de marzo de 1861, pero no fue hasta el 16 de agosto de 1863, cuando el pueblo se hastió de los abusos y de su situación, que empeoraba en lugar de mejorar, que se produjo el Grito de Capotillo, en Dajabón, el cual en un abrir y cerrar de ojos se propagó como reguero de pólvora en el Cibao. Las primeras rebeliones contra la decisión de Santana, ocurridas en San Francisco de Macorís y Moca, no tuvieron ningún efecto.
Tampoco el fusilamiento el 4 de julio en San Juan de la Maguana del prócer Francisco del Rosario Sánchez, quien había sido capturado en El Cercado cuando se proponía combatir la enajenación del territorio.
Al fracasar las misiones que habían salido a enfrentar a los restauradores, entró en escena el brigadier Manuel Buceta, gobernador militar de Santiago, quien por sus crueldades se había convertido en símbolo de la maldad. En torno a èl se acuñó la expresión de “más malo que Buceta”.
El oficial español se puso al frente de un ejército para someter a los patriotas y tan seguro estaba de que si no los reducía por las armas podía hacerlo con otro método, que los historiadores cuentan que llevó consigo una bolsa con pepitas de oro, tal vez pensando que en una posible negociación podía doblegar a los líderes del movimiento, como había ocurrido con los caciques indígenas durante la colonización. El odiado militar español no consiguió sus objetivos, pero gracias al metal pudo salvar el pellejo.
Buceta sobrevive a una muerte segura porque cuando era perseguido por los generales Benito Monción, Pedro antonio Pimentel y otros jefes militares se refugia en la casa del terrateniente Juan Chávez, en Los Guayacanes. Como Chávez y señora Ceferina Calderón eran personas de mucho respeto, los dominicanos no se atrevieron entrar a la residencia. El brigadier pudo fugarse en un caballo que le habían facilitado.
Cuando los patriotas se percataron y salieron tras él a este se le ocurrió la idea de lanzar pepitas de oro en el camino para ganar tiempo en lo que sus persecutores, entre los que iba Gaspar Polanco, se detenían a recogerlas. Nadie lo hubiera salvado si lo capturan, pues se cuenta que Polanco remató a machetazos a siete hombres que los acompañaban.
El episodio tiene sus enseñanzas. La gesta restauradora no había oro que la detuviera porque la población estaba decidida a liberarse del dominio español, que en lugar de la mejoría que prometió Santana, solo trajo más miseria y sufrimiento. Ese pueblo, que parecía resignado a vivir subyugado, un día dijo basta ya. No reparó en nada a la hora de sacudirse la cadena.

