La Cumbre Mundial sobre el Futuro de Haití ha servido apenas para reiterar el ofrecimiento de la comunidad internacional de disponer de más de diez mil millones de dólares para impulsar el proceso de reconstrucción de esa nación devastada por el terremoto del 12 de enero, aunque las manos del Gobierno haitiano aún permanecen extendidas a la espera de un prometido flujo de recursos.
A la par con el torrente de promesas que emanaba de esa reunión en Punta Cana, el presidente Leonel Fernández realizaba esfuerzos para que la Unión Europea, Banco Mundial y Banco Interamericano de Desarrollo (BID) honren el compromiso de conjurar el déficit presupuestal de Haití, ascendente a 262 millones de dólares, una ayuda urgente para el día a día.
Quizás lo más relevante de esa pomposa reunión ha sido la conformación de un Fideicomiso a cargo del Banco Mundial y la revalidación de la Comisión Interamericana para la Recuperación de Haití (CIRH), porque concentra en la primera institución las donaciones prometidas y porque la segunda entidad garantizaría transparencia administrativa y mejor empleo de esos recursos.
Se resalta como válido el esfuerzo de República Dominicana por tratar de evitar un olvido colectivo ante el drama agravado del pueblo haitiano, a cuya histórica miseria y marginalidad se agrega la tragedia del sismo que causó casi 300 mil muertos y destruyó su endeble infraestructura.
Un puñado de naciones ha reiterado el compromiso de ayudar a financiar la recuperación de Haití, hecho en la Conferencia de Donantes celebrada en marzo pasado en Nueva York, pero la Cumbre de Punta Cana no pudo fijar fecha cierta para los innominados desembolsos, por lo que en términos de recursos esa reunión sólo pudo completar un corto recorrido en círculo.
El presidente René Preval ha comprendido que su gobierno no está en capacidad de ofrecer a la comunidad internacional un liderazgo consolidado que garantice la conducción del proceso de reconstrucción ni la óptima administración de los fondos aportados, por lo que ha sido bien recibida su decisión de conformar un mecanismo supranacional que ayude en esos propósitos.
El inventario de sensibilidad expresado en la Cumbre de Punta Cana, que concluyó ayer, no fue suficiente para que dignatarios y representantes de organismos internacionales pudieran aquilatar la urgencia en recursos y asistencia que requiere un Haití donde millones de seres humanos mal viven en la inopia total.
Haití urge -como quedó consignado en ese cónclave- de la inversión privada, en el entendido de que su proceso de recuperación se presenta también como una buena oportunidad de negocios con garantía de rentabilidad, por lo que es posible hacer el bien y ganar dinero.
Ojalá que la de Punta Cana haya sido la última tertulia sobre cómo afrontar una tragedia sin precedentes, porque a partir de hoy, palabras y promesas resultan inválidas ante la urgencia de un pueblo sumido en la desgracia, calamidad, miseria, marginalidad e injusticia, que no soporta más latigazos de indiferencia ni de olvido.

