Me busca por todos lados. Yo, por mi parte, disimulo desinterés pero, a decir verdad, siempre me alegra el día con esa amalgama de sentimientos, entre alegría y curiosidad que despiertan su calma inquietante e imparable parloteo a todas horas. Alberto debe ser el primer nombre que se le ocurre al ponerse en pie con el alba. Albor inevitablemente radiante ante la presencia de un amigo.
Prefiere llamarme por Segarra Alberto, con el apellido por delante al estilo chino. Cálida y sutil manera de diferenciarse de los demás. Todo lo particular y especial es afable. Por tanto, entrañable, sin mitigar los afanes que delatan temores y aprehensiones propias del trajín cotidiano. Cordialidad, como causa y efecto, reflejada en una vitalidad desbordante e irrefrenable. Un natural proceder con sus excesos, por supuesto. La vida es así.
Pablo da y procura cariño con la eficacia necesaria para agenciarse compañía a cada momento. Y le funciona. Nunca está solo, ni siquiera se le ocurriría la idea de la soledad como un espacio útil, de recreación y reflexión. Tampoco la entiende ni permite a los demás. Más bien, la arrebata a quienes, como yo, ven el aislamiento en función de lo que tiene de provechoso, como mecanismo infalible de corrección. Readaptar, desacelerar o, simplemente, interrumpir el accionar.
La superación espiritual no se entiende ni se asume plenamente sin la meditación. Es decir, el silencio. Pero a Pablo poco le importan esas cosas. Ha nacido, digámoslo bien, para hablar. Decir cosas se le da formidable, no importa cómo, cuándo ni dónde. Ha cultivado cierta gracia en ejercerlo. El talento deviene de la constancia, definitivamente.

