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Papá políglota

Papá políglota

Pedro Pablo Yermenos

Aun procediendo de una apartada zona rural, eran famosos en toda la ciudad. Su extraordinaria capacidad de trabajo; su fortaleza física inigualable y su elevado sentido de responsabilidad, lo convertían en recurso humano apetecido por quien tuviese necesidad de un trabajo en las más diversas áreas. Eran los mejores en las faenas agrícolas. Diestros en trabajos de albañilería. En carpintería, eran capaces de construir el armazón de un inmueble con cualquier tipo de madera.

Vivían en una misma casa con sus respectivas familias. Allí residían sus padres, abuelos e hijos. Pese a la multitud, todo funcionaba de maravilla por esa facilidad de la gente humilde de compartir con amor espacios angostos. Tan distinto a otros, que apenas se toleran en palacetes donde casi ni se encuentran.

Partían bien de mañana a cumplir los compromisos contraídos, para los cuales, casi no daban a abasto, pero dejaban satisfechos a sus contratantes por la calidad incuestionable de sus resultados.

Con los últimos rayos del sol que se despedía, regresaban a su abarrotado hogar, donde ellos dos eran los únicos unidos por una característica que no solo los hacía diferentes a los demás, sino que, por una extraña circunstancia genética, no estaba presente ni en sus progenitores ni en sus descendientes.

El caso es que, por esa inteligencia pasmosa que poseían, su especial condición para nada implicaba un obstáculo para el normal desarrollo de sus vidas.

Al contrario, por ellos, su entorno se había enriquecido adicionando nuevos mecanismos de interacción social, en una época en que no existían las posibilidades que traería la modernidad para aprovechar su capacidad diferenciada.
Nada podría sospechar un tercero que, de lejos, visualizara aquella familia en una cotidianidad que se ejercía de forma común y corriente.

El hijito de cinco años de un empleador que se estrenaba con los hermanos de nuestra historia, no comprendía lo que sus ojos infantiles observaban.

En la finca de su padre se edificaba una enramada techada de cana y todo el trabajo estaba a cargo de aquellos dos fornidos hombres que, con asombrosa habilidad, desempeñaban su tarea haciendo avanzar la obra como impulsada por un viento mágico.

Todo se hacía en el más ruidoso silencio. A su corta edad, jamás había visto a su papá gesticular de aquella manera, a lo que sus interlocutores reaccionaban con igual o mayor cantidad de señas. De algo estaba seguro, la comunicación entre los contertulios, era perfecta.

Por: Pedro Pablo Yermenos
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El Nacional

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