Los aguaceros recientes en Santo Domingo pusieron al desnudo que la Primada de América es una ciudad sin parientes ni dolientes, que a pesar de su descomunal crecimiento carece de un sistema de drenaje pluvial y sanitario, lo que convierte su territorio en un brazo de río al caer dos gotas de agua.
Lo que hay de acometidas de aguas residuales y pluviales corresponde básicamente a tiempos de la colonia o construido durante el régimen de Rafael Leonidas Trujillo, con excepción de las galerías subterráneas en algunas zonas de la ciudad para dar paso a la primera Línea del Metro.
A ningún Gobierno le interesa acometer obras que queden debajo del pavimento como sería un eficiente sistema de desagüe, porque ese tipo de construcción no reditúa beneficios políticos en proporción a la inversión que requiere.
Es claro que ninguna alcaldía tiene capacidad económica para acometer por sí sola la construcción del sistema de drenaje pluvial y sanitario que requiere la ciudad capital, por lo que corresponde hacerlo al Gobierno central.
Un dantesco escenario de una ciudad virtualmente paralizada con barrios, calles y avenidas anegadas, centenares de vehículos averiados, gran ausencia laboral, taponamientos y caos por doquier, demuestra que Santo Domingo parece que no tiene en el Gobierno quien vele por ella ni munícipe que se conduela de su desgracia.
¿Cómo hablar de capital de la cultura iberoamericana, en una ciudad que se inunda por los cuatro costados a las primeras lágrimas que derrama el cielo?
Santo Domingo sufre también como ningún otro asentamiento de la República de la indiferencia e indolencia de la mayoría de sus munícipes, que son incapaces de reclamar o acometer iniciativas cívicas para obligar a las autoridades a atender los requerimientos esenciales de la ciudad.
Al paso de generaciones, el capitaleño ha perdido amor, fe, devoción y fidelidad por su gentilicio, contrario al santiaguero, francomacorisano, banilejo, sanjuanero o de otros muchos municipios que defienden, respetan y preservan su hábitat.
La Capital no merece el trato de abandono e indiferencia a que la somete el Gobierno, ni el desprecio e indiferencia de sus munícipes, que no llegan a entender que viven junto a sus familias sobre un tesoro histórico.

