Redescubriendo al general Omar Torrijos



En su magistral y certera descripción de la personalidad y el rol histórico del general Omar Torrijos Herrera, líder panameño irrepetible por siempre, el notable escritor y novelista británico Graham Greene, en su obra Descubriendo al general, (Plaza Janés, 1985), logra un meridiano relato de los difíciles y peligrosos pormenores que concluyeron recuperar la estratégica vía acuática que conecta a los dos océanos más grandes del planeta, radiografiando a un dictador exento de trapacerías y crímenes, como es la secuencia de estos personajes, muchas veces necesarios.

Un dictador que depuso sin sangre al cinco veces presidente Arnulfo Arias Madrid, incondicional del imperio, líder de la pequeña pero rancia y racista oligarquía panameña, anatema del general.

Graham Greene, visitó nuestro país, trabando migas con el afamado escritor australiano Bernard Diedritch, documentándolo sobre la tiranía haitiana del médico rural Francois Duvalier (Papá Doc), reseñando un relato prístino del dictador en su obra Los Comediantes, relatando la filosa coyuntura de recuperar el canal de Panamá que cristalizó el general Torrijos, y al final le costó la vida, describiendo la estratificación social panameña de rabí blancos (aristócratas), culisos (mestizos), indios, y chombos (negros), y el bucolismo panameño de lavados de activos, offsohre, cuentas secretas, 134 bancos, y peajes del canal.

Cursó una docena de visitas a istmo, invitado por Torrijos, entendiendo que un escritor de la envergadura de Green, fuese testigo editorial del suceso más trascendental en la historia panameña, luego de surgir como Estado en 1903 con la escisión de Colombia, promovida por el presidente Teddy Roosevelt y los amañados acuerdos Bunau Varilla.

Ilustra la no pequeña dosis de paciencia que obligó procurar el general Torrijos en sus tratos para concluir la firma del traspaso del canal con el enviado especial del presidente Jimmy Carter, embajador Ellsworth Bunker, que los panameños identificaron por sus gélidas venas El Refrigerador, conocido por los dominicanos, bautizado por Chino Ferreras como El Pato Macho del Mangoneo, cuando el presidente Lyndon Johnson lo envió para buscarle una salida política a la revuelta de abril 1965 con el general Antonio Imbert y el coronel Francis Caamaño.

Pincela con precisos detalles el embarazo de un dictador de izquierda moderada, propulsor de un socialismo democrático caribeño, cuando compelido por las circunstancias hieráticas, compartió un fugaz escenario en el protocolo en la firma del tratado en la Casa Blanca con los dictadores Jorge Videla, Augusto Pinochet, Hugo Bánzer y Alfredo Stroessner, tan diametralmente distintos a su proceder humano, y a su cosmovisión pletórica reinvindicadora, concediendo cobijo al Frente Polisario, Sandinistas, OLP, y al Sha Mohamed Reza Pahlavi, sin pases de factura.

Torrijos nunca confió que el simple pueblo norteamericano distinguiera entre un general latinoamericano de otro, como también no previó que el Senado norteamericano alterara posterior el convenio original, insertándole una providencia imperial que otorgaba intervenir el canal por circunstancias que el imperio justificara.

Un dictador en que su jefe de seguridad no fue un entorchado, sino José de Jesús Martínez (Chuchu), un sargento de la Guardia Nacional, dipsómano, bohemio, mujeriego, matemático, filósofo, profundo conocedor del alma humana de sus paisanos, porque los sargentos son los que comandan las compañías, y conocen los secretos de sus subalternos, sobre todo, Chuchu era perrunamente leal.
Fulgencio Batista Zaldívar, fue quizás el más tristemente famoso sargento de la historia.

Bobby Hernández, espigado, blanco, mirada de rayos X, coronel ERD dominicano, fue uno de sus connotados asesores, quien me presentó el afecto de excepción Juan Cambiaso Pimentel (Molusco), fallecido, y Toty Suárez, uno de sus más activos activistas internacionales, a quienes conocí, al primero, cuando fui Cónsul General en Panamá (1982-1983), al segundo en Santo Domingo en 1971, concientizando internacionalmente el rescate del canal.

No conocí ni escuché el nombre de Chuchu Martínez en mi estadía en Panamá.
Silencioso, taimado, rostro redondo, impenetrable, lacerado por viruela, cara de piña, le decían, mueca de sonrisa, mirada gélida, recordando al actor norteamericano Jack Palance en Shane, El Desconocido, que protagonizó Alan Ladd.

Estreché breve dos veces sus manos, frías, lisas, ensangrentadas, sobre todo, con las del médico Hugo Spadafora.

Pelo rizo, corto, negro, nariz amplia, labios carnosos, reveladoramente congoleñas, color que aparentaba blanco sin llegar a serlo, más bien desteñido, breve de estatura, y de alma.

No habló media palabra las dos veces, y soto susurré, este hombre es un perverso y puede que no culmine bien, presentándomelo el cónsul antecesor, Darío Jiménez.
Mi impresión no resultó herrada.

Traicionó a su comandante confabulándose con la CIA, ordenando colocar una bomba de relojería a la avioneta que explotó cuando Torrijos regresaba de su casa solariega de Coclesito, en las montañas de Penonomé, agosto 1981.

El imperio pasó factura al general Torrijos por nacionalizar la vía interoceánica. “No quiero entrar a la gloria. Quiero entrar al canal”, reiteradamente sentenció.

El ingreso al canal y a la posteridad de la gloria, rondan la memoria de un general profundamente humano y patriota, líder panameño sin reprisse.

Como perennes gnomos, centinelas desmaterializados e insomnes.