La situación actual de la República Socialista de Cuba, con las medidas asfixiantes que le impone Estados Unidos de América (EUA), es desesperante; pero sabemos que resistirá y sabrá superar las terribles condiciones a que está sometida.
Nos atrevemos a sostener esa afirmación, aunque la realidad objetiva parece negarla, porque conocemos la historia de la patria de José Martí, de Carlos Manuel de Céspedes y de Antonio Maceo; de Fidel Castro, de los mambises y de todo el pueblo cubano.
La isla fascinante, como la llamó el profesor Juan Bosch, siempre ha existido sometida a grandes presiones y ha sido capaz de resistir y vencer. Esta vez no será diferente. Volverá a triunfar sobre las adversidades.
Es cierto que la falta de petróleo, porque el presidente Donald Trump le cerró el grifo venezolano y amenaza con sanciones y altos aranceles a los países que se atrevan a proporcionarle ese oro negro, podría retrotraer a los cubanos a la Edad de Piedra. El gobierno sería infuncional.
También debemos tener en cuenta que los tradicionales amigos y proveedores del gran caimán verde están muy ocupados con sus propios conflictos. Son los casos de Rusia y la guerra con Ucrania; China, con su provincia rebelde, Taiwán, y la lucha comercial con EUA; Irán está bajo amenazas constantes del coloso del Norte; México, que desea ayudar humanitariamente, pero sin darle razones a su poderoso vecino para ejercer la arbitrariedad.
Además, las carencias de alimentos, medicamentos y demás artículos de consumo diario colocarán a las grandes mayorías en estado de agonía y frustración. Ellas no satisfacen sus necesidades ni con discursos ni ideales.
Cuando el hambre ataca, nadie presta atención a la retórica. Las buenas intenciones y las medidas económicas y políticas que no generan resultados inmediatos son rechazadas de plano.
Sabemos que en la miseria nadie es virtuoso. Brotan las bajas pasiones. Y en Cuba hay sectores, pagados por quienes no respetan los principios del derecho internacional, de soberanía y de autodeterminación de los pueblos, que esperan un estallido social.
Resulta fácil concluir, debido a ese panorama, que la Revolución cubana, con todas sus reivindicaciones y conquistas sociales, está en sus últimas. Así pensarían todos los derrotistas y faltos de confianza en el espíritu de combate y la resistencia del pueblo y sus dirigentes confiables.
Nuestros hermanos cubanos merecen la solidaridad de los hombres y mujeres sensibles, bien nacidos, amantes de la justicia, la paz y la convivencia. No es por asuntos ni de ideología ni de régimen ni de odios, sino de amor por la humanidad.
Hoy los cubanos no cuentan con el liderazgo vivo de Fidel; pero tienen su ejemplo de irreductibilidad y la educación que recibieron en más de medio siglo de cambios sociales.
Aprendimos que, en tiempos de hornos, hay que cambiar lo que sea necesario. «¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes» (Martí).

