Editorial

Tragedia

Tragedia

El asesinato a balazos de dos adolescentes perpetrado el miércoles por  un oficial de la Fuerza Aérea  dentro de una finca localizada próximo a la Villa Panamericana, en la autopista Las Américas, constituye un acto de barbarie que consterna,  asombra e indigna a toda la sociedad.

Eduardo Miguel Cabrera, de 15 años, y Yordy Rafael Stewart, de 17, fueron ultimados por el teniente Rafael Pérez Sierra, quien  custodiaba ese inmueble de propiedad privada.

Esos muchachos, que se bañaban  en un improvisado pozo de agua, sufrieron impactos de bala  en la espalda, pecho y cuello, en una  agresión salvaje e injustificada  del oficial, que luego ocultó uno de los cuerpos en una cueva y lanzó el otro sobre unos matorrales.

Ese militar asesinó a Cabrera  y a Stewart por puro placer o saña porque las víctimas no representaban ningún peligro para la seguridad de la finca, por lo que bastaba con conminarlos a abandonar esa propiedad.

 Las autoridades están compelidas a investigar  con toda profundidad tan horrendo crimen, así como todas las circunstancias posibles que rodean la tragedia.

 Fuerzas Armadas y la Jefatura de Estado Mayor de la Fuerza Aérea están en obligación de  explicar por qué un oficial   fungía como  seguridad o custodia de esa propiedad.

Se creían superados los tiempos aquellos cuando  tropas y personal policial prestaban servicios en el ámbito civil  como  guardianes de hatos y viviendas; espalderos, choferes o en labores domésticas.

En vez de  conjurar esa irritante situación, ahora se comprueba que  oficiales de las Fuerzas Armadas  también  realizan ese tipo de actividad absolutamente ilegal y ajena a los cuarteles militares o destacamentos policiales.

El teniente Pérez Sierra no tenía que estar en el lugar donde asesinó a esos dos muchachos, cuyos cuerpos quiso  desaparecer de la escena del crimen.

 Ante esa tragedia, lo menos que se reclama es que  todo militar o policía que  cumple tan bochornosas tareas sea retornado de inmediato a sus cuarteles.

El Nacional

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