Tres de los cuatro evangelistas narran en similares términos las tres ocasiones en las que Jesús anunció a sus discípulos que estaba pronta la hora de su muerte. Mateo, Marcos y Lucas son quienes han recogido esta proclama pronunciada en momentos sucesivos antes de entrar a Jerusalén.
Juan es quien no refiere los vaticinios de la muerte de su Maestro, aunque sí se ocupa de una mención algo sutil del destino inmediato que hace Jesús a propósito de ser ungido con un bálsamo de nardo legítimo en la casa de Simón el leproso, donde compartía con sus amigas Martha y María, hermanas del resucitado Lázaro, en el pueblo de Betania.
Uno de los discípulos reprochó a María por haber derramado sobre Jesús aquel perfume tan caro, pero él defendió la acción precisando que ella lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Obvio que aún no estaba muerto, pero si Jesús asegura que la mujer guardaba aquel regalo para el momento de su muerte, él se sentía a un paso de ella. (Jn. 12,1-8).
El primer anuncio lo hizo viniendo de la región de Cesarea de Filipo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, ser muerto, y al tercer día resucitar.
Pedro, tomándole aparte, se puso a amonestarle, diciendo: No quiera Dios, Señor, que esto suceda. Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: Retírate de mí, Satanás, tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres. (Mateo16, 21-23). Este hecho es referido también en Marcos 8,31-39 y Lucas 9,22. Las versiones de Mateo y Marcos son muy coincidentes.
En cuanto al segundo anuncio, Marcos lo cuenta de este modo: Saliendo de allí, atravesaban de largo la Galilea, y no quería que nadie lo supiera. Porque iba enseñando a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le darán muerte, y muerto, resucitará al cabo de tres días. Y ellos no entendían esas cosas, pero temían preguntarle. (Mc 9,30-32) También se incluye en Mateo 17,22-23 y Lucas 18, 31.
La tercera profecía de la pasión y muerte de Jesús se refiere a lo mismo de las dos primeras, pero agrega detalles más específicos de lo que habría de ocurrir, como los escarnios y las burlas de que fue objeto. Así lo narra Marcos, el segundo evangelista:
Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén, y Jesús caminaba delante mientras ellos iban sobrecogidos, siguiéndole medrosos. Tomando de nuevo a los doce, comenzó a declararles lo que había de sucederle. Subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará. (Mc 10,32-34). También Mt. 20,17-19 y Lc. 18,31.
Lucas, como Marcos, apunta que los discípulos no entendían cuando les anunciaba la pasión. Pedro lo contradice e incluso intenta disuadirlo de decir aquellas cosas, pero la respuesta de Jesús no es agradable.
Antes de que naciera Jesús
Así como anunciaron su nacimiento, los profetas del Antiguo Testamento vaticinaron lo que habría de ocurrir con Jesús a la hora de su muerte. En ocasiones, los evangelistas apuntan que algún hecho ha ocurrido para que cumplan determinadas escrituras. Y Jesús lo sabía, pues era versado en la materia.
El profeta Zacarías, por ejemplo, describe la entrada en Jerusalén muchos años antes del nacimiento de Jesús: Grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna. (Zacarías 8, 9-10).
Se recordará que Jesús entró a Jerusalén a entregarse a la muerte a lomo de un asno joven. Ese acontecimiento se conmemora el Domingo de Ramos, como hoy. (Mt 21, 1-4). En esa misma circunstancia, Jesús fue recibido con alborozo por el pueblo y la gente enarbolaba ramos de palma y olivo. Y de nuevo hay que recurrir a las viejas escrituras que lo predijeron:
De la boca de los niños y de los que maman saldrán las alabanzas. Expresión contenida en el salmo 8,3 y citada por el propio Jesús.
La traición de Judas y la entrega por treinta monedas, fue anunciada siglos antes por el profeta Jeremías: Y entonces tomaron treinta monedas… (Jr 32,6). La narración de Jeremías habla de monedas para comprar un terreno, por eso el evangelista Mateo apunta que cuando Judas admitió que actuó contra un justo y arrojó las monedas por las que vendió a su Maestro, se cumplió lo escrito: Y tomaron treinta piezas de plata, el precio en fue tasado aquel a quien pusieron precios los hijos de Israel, y las dieron por el campo del Alfarero, como el Señor me lo había ordenado.
Otra predicción relacionada con la pasión y muerte de Jesús aparece en el libro de Zacarías: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. (Zc 13,7). Hace referencia a la vacilación y negación de los discípulos en la hora suprema.
La herida en el costado que infirió un soldado a Jesús ha sido asociada con el dicho bíblico: Mirarán al que traspasaron. El evangelista Juan precisa que a los bandidos crucificados al lado de Jesús les quebraron las piernas para acelerar su muerte, porque era víspera de la Pascua, pero no lo hicieron con Jesús, y cita al respecto una frase del Deuteronomio: No romperás ninguno de sus huesos. (Dt, 21,23).
La muerte fue para Jesús un hecho sabido y aceptado. La historia no registra ningún caso de otro hombre cuya muerte haya tenido tan notorios antecedentes o haya sido precedida de hechos simbólicos que la anunciaron siglos antes.
No ha de extrañar, entonces, que semejante hombre haya resucitado como dijeron previamente las Escrituras y asegurara el propio Jesús..

