¡Viva la hipocresía!: El PCD, la moral no



En los días en que Máximo Pérez fue atraído a la muerte, como un insecto que se estrella contra la luz, la juventud no caminaba por senderos de espanto, como ocurre hoy, cuando se exaltan las más bajas pasiones y se da patente de corso a algunos delincuentes políticos, haciendo honor al epigrama que se atribuye a Ugo Foscolo: “En tiempos de bárbaras naciones, colgaban de la cruz a los ladrones / mas, hoy, en pleno siglo de las luces, del pecho del ladrón cuelgan las cruces”.

Afortunadamente, muchos están rectificando el rumbo, como los que se suman a la llamada “Marcha Verde”, que levanta sus banderas contra la corrupción generalizada. Eso me recuerda al obrero Máximo Pérez que, cuando lo expulsaron del PCD, lo empujaron al abismo.

Entonces, los jóvenes se intercambiaban “Así se templó el acero” con “Los diez días que estremecieron al mundo”. O, vacilaban entre leer “La guerra de las pulgas”, sobre el conflicto de Vietnam, y ver la “La clase obrera va al paraíso”, de Elio Petri.

Eran tiempos en que la política no se basaba en la compra de conciencia ni en “búsquenme lo mío” y había admiración y respeto por las hazañas como las del Che. Su imagen no se usaba como un ícono de escaparate y fruslería, apareciendo en carteras, chancletas y hasta en panties tipo colalé.

Cuando Máximo Pérez, la mayor pasión se sentía en la UASD donde los grupos estudiantiles juraban que la vida era un carnaval y la revolución estaba “a la vuelta de la esquina”, lanzando consignas de fascinación, lucha y entrega: “Se siente, se siente: Amín está presente”, “fuego al cañón, fuego al cañón/ estamos en lucha por el medio millón” y “esta lucha no se para/ni con bombas ni con balas”.

Se enfrentaban en discusiones vehementes poniendo muchas veces, en la boca de Lenin, palabras que él nunca dijo. Por ejemplo, si el Gordo Oviedo, en los pasillos de ingeniería, argumentase: “Lenin dijo: ‘Quien insiste en la porfía, es agente de la CIA’. Salvador Uribe le replicaría: “Y él dijo algo más certero: “Quien refuta a un comunista, tira pedos en funditas”.

Insisto: cuando Máximo Pérez se descarriló, no le bastaba a un joven conocer las cinco palabras del simplismo actual que se reducen a esta pregunta con su correspondiente respuesta: – ¿Qué’ lo qué’? / ‘Ta to’.
Era preciso saber un poco más. Porque, Mao había lanzado la “Revolución Cultural”, poniendo en jaque a Liu Shao Chi, Deng Xiaopin y Peng Chen. También debía saberse el nombre de Lin Piao, Chen Pot Ta e, incluso, de Chiang Ching, la esposa de Mao y que fue jefa de la “Pandilla de los cuatro”.

Los pacoredos eran los más ácidos y temibles pero, aunque pregonaban a Lenin, hacían gala de las enseñanzas del genio de la propaganda nazi, Joseph Goebbels, quien decía: “Una mentira repetida al infinito se convierte en verdad”. Gritaban hasta el cansancio: “Isa Conde y Pachón, asesinos de Fadul”, “Pin, pan, pun: que viva Mao Tse-Tung y “Juan Bosch: gallina de patio”. La “hazaña” más grande de este grupo fue impedir que el poeta chileno Pablo Neruda diera un recital en la UASD.

Eso nos causó tanto dolor como el que sentimos cuando supimos de la muerte de Máximo Pérez. Pero, poco después de su partida nos llegó una noticia terrible:

–“El camarada A.A., (El Potro), ha sido atrapado con las manos en la masa: se acostó con una prostituta y le reveló los secretos del partido”.

La información era escalofriante. Se decía, que había incurrido en esa falta luego de tomarse unos tragos de aquel ron que, al decir de la canalla, “cuando se bebe obliga a bailar un merengue de Rasputín” y cuyo efecto era como el “suero de la verdad”, inventado por la CIA.

Había llegado, pues, el momento de la venganza. Él era uno de los favoritos del CC del partido. Y, por esta falta grave a la moral comunista, debía ser separado deshonrosamente.

De manera, que en el Comité de Zona decidimos dos cosas: primero (de espaldas al rubor y a los escrúpulos), “hacernos de la vista gorda” sobre la forma en que se había obtenido la confidencia (Zayas, el militante que le sacó la información a la meretriz <¿y algo más?>, para lograrlo, se había acostado con ella) y, segundo, pedir la expulsión inmediata del Potro.

Esta decisión fue muy bien recibida por los camaradas de “Las Cañitas” y sus alrededores, donde se había producido la impudicia y donde el Potro provocaba celos y rivalidades. Allí, sonrieron Ulises Santamaría, Danilo Lasosé, Ignacio Pérez Mencía (Peng Cheng), y los imponderables Troglos (Colás, Manolo y Miguel Guillermo). ¡El Potro había caído!

Fue así como, en la próxima reunión nos visitó otro personaje, cuyo nombre “no quiero acordarme”.
Al llegar, el orientador de marras tiró sobre la mesa más libros que los que los que había lanzado Carlos Dore para justificarla expulsión de Máximo Pérez. Y nos habló así: “Estos tiempos difíciles exigen sacrificio, tolerancia y generosidad (…) comprensión amplia y profunda de la problemática nacional e internacional a la luz de la lucha de clases…”

Al utilizar la fórmula mágica: “la lucha de clases”, nos sabíamos perdedores. Pero, para seguirnos torturando, nos leyó nuevos fragmentos de las cartas de Lenin a Clara Zetkin, otras opiniones de Rosa de Luxemburgo, Engels, Marx… demostrando que la moral tenía dos caras, dependiendo de los intereses del partido. Y, en consecuencia, “el camarada A. A., mejor conocido como el Potro, recibe una simple amonestación”.

Hubimos, pues, de levantar la copa del desengaño y probar el sabor de la frustración, mientras Felipe Gil, desde Radio Cristal, ponía la canción que pueden oír pinchando lo que sigue:
https://www.youtube.com /watch?v=XitibEp3YZc
Pero, habíamos aprendido la lección, que más tarde me serviría para escandalizar a Leonel Fernández cuando, eufórico…”.

Puede que a algunos no le guste lo que diga en la siguiente entrega. Pero, como dice don Álvaro: “Me la voy a jugar caiga quien caiga”, aunque al recordar aquello estaré echando sal sobre mi herida. Y nadie podrá decirme: ¡Jimmy: bájale algo”. Porque yo puedo decirlo:
Yo estaba allí.