Aquel aciago día, 1ro de enero de 1959, me sorprendió en la antigua Roma, a donde acababa yo de llegar la víspera, ya de noche, de París donde asistí durante las vacaciones navideñas a un encuentro de estudiantes de América Latina y el Caribe, que cursábamos ciencias sociales en Europa.
Habían sido 12 horas en tren y llegue tan extenuado que, aunque un compañero me había dicho a mi llegada: «Batista se fue de Cuba, ganó Fidel».
Yo rechace toda vivencia del exterior no obstante sin importancia, y quede sumido en un profundo sueño.
Sólo al día siguiente, me percate de lo sucedido.
Al terminar mi licenciatura en ciencias sociales en Roma (1957-1959), ya había obtenido la de filosofía y letras, en Madrid (1952-1955), me dirigí a Cubita Bella sin Batista.
Ya había también «luchado», con gran placer, dos años (1955-57) como inspector de División y profesor en mi Colegio de Belén.
En aquel verano de 1959 llegué a La Habana, allí, con mis espuelas bien afiladas en las ciencias estudiadas, recorrí la isla en guagua y carro público, a pie y a caballo, desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí.
Ya entonces, verano de 1959, todo lo que vi fue un desastre. No me importaba si era comunismo o socialdemocracia o socialismo a la criolla o que.
Pero, «y si era un fidelismo» Me sacudió un temblor de los pies a la cabeza al recordar la hazaña de la «bicicleta» en que Fidel, audaz y primero, se lanzó raudo contra un paredón del Colegio de Belén donde éramos compañeros, para romperse la cabeza y la clavícula «el loco Fidel».
Y, en serie, todas las excéntricas escenas anteriores de Fidel, en el Colegio de Belén que yo viví y que paso a contarle, estimado lector.
Cuando llegué a Cuba supé que Fidel le había ofrecido (o lo había nombrado, más creíble) Presidente del Tribunal de Cuentas a mi padre, el doctor Manuel Dorta-Duque.
Mi padre, en 1948, pocos años antes de que Fidel fuera su alumno, en su calidad de representante a la Cámara, había redactado el proyecto de creación del Tribunal de Cuentas como Ley Complementaria de la Constitución de 1940.
Esto tendría que saberlo Fidel y, tal vez por eso, lo nombro presidente de aquel Tribunal.
Yo, que deseaba influir en algo para ordenar ese maremagnun confuso y seudorevolucionario, instaba a mi padre a que aceptara el cargo. Pero mi padre rehuía. Y ahora reflexiono: «en qué remolino estaba yo metiendo a mi buen padre».
Mientras tanto, de su parte, mi padre me animaba, conocedor de mi amistad íntima y mi influencia personal en Fidel, a que lo visitara y conversara con él.
Yo podría hacer para complacer a mi padre lo que yo esperaba de él, para complacerme a mí. Pero yo rehuía también. Así las cosas hasta el día en que Fidel compró la arrocera Aguilera con dízque un cheque del Banco Central por 40 millones de pesos.
Aquel día mi padre me enfrentó suave pero contundente: «Y, ¿quien le lleva las cuentas a Fidel? Se oyó rotundo mi sonora silencio.
En otra oportunidad los dos coincidimos en un arriesgado intento de «componer la batea» del régimen, que ya asolaba a Cuba.
Mi padre, el doctor Manuel Dorta-Duque, como ya he dicho, había creado la cátedra de Derecho Agrario en la Universidad de La Habana.
Además, había creado un Código Cubano de Reforma Agraria, donde todas las voces habían participado. Desde los dirigentes del Partido Socialista Popular (Comunista) hasta los intereses agrarios e industriales más poderosos de Cuba.
Se habían limado las principales asperezas y satisfecho casi todas las demandas. Y, todo esto, en uno de los Salones de Comisiones de la Cámara de Representantes del Capitolio Nacional, símbolo de la República en la creación de sus leyes.
Por mi parte, yo había hecho énfasis durante mi carrera de ciencias sociales en el tema de la Reforma Agraria. Lo había estudiado al lado de los más prestantes estudiosos y de la biblioteca y archivos de la FAO y le había, en fin, dedicado mi tesis de licenciado.
Armados ambos con tales instrumentos nos dirigimos al INRA a visitar al sub director, el doctor. Juan Iduate.
Juanito, había sido un afable condiscípulo en Belén (Belén, siempre Belén) e hijo de un distinguido abogado, colega y amigo personal de mi padre.
A todo lo que oponíamos mi padre y yo, Juanito respondía: «Es que esa es la revolución». «así actua la revolución», «eso se basa en la revolución».
Mi padre, siempre de hablar claro y enjundioso, por fin le dijo:
«Pero, Juanito, mira: la revolución mas destructiva de la Historia Universal fue la revolución francesa. Y esos revolucionarios le levantaron una estatua a la diosa Razón. ¿Y tu quieres aquí, en Cuba, una revolucion que destruya hasta la diosa Razón?
Mi padre sin pretenderlo, le dio al clavo.
Se había creado una revolución sin razón. u «obra del loco Fidel», también desprovisto de razón. Mi padre, como siempre, había ajustado el ágil martillo en la misma cabeza del clavo. Le dio duro y lo clavó entero. Señalando firme lo que no se veía.
El bueno de Juanito quedó ensimismado, absorto sin añadir palabra. Y nosotros decidimos ponernos de pie y despedirnos también en silencio.
Era verdad. A la revolución de Fidel le faltaba también la razón: obra del loco Fidel…
Tras este primer y único intento de avanzar que resulto un rotundo fracaso, decidí entonces, proseguir mis estudios.
Conocedor de Europa enfile hacia los Estados Unidos de América, tierra de libertad y de oportunidades.
Y no fui como exilado sino con mi visado 1-20 que otorgaba el consulado estadounidense a los estudiantes.
Después recalé en Santo Domingo donde he sido tan acogido por todos durante casi medio siglo, donde, me he sentido tan bien que siempre repito con humor que aquí he vivido no como exilado sino como «turista».
A la vez, me propuse, desde el primer momento, servir en todo a este acogedor país y a su siempre amado pueblo.

