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Zoom turístico: Del volumen al valor

Zoom turístico: Del volumen al valor

Héctor Minaya

La industria turística de la República Dominicana se encuentra en una encrucijada histórica. Tras décadas de un éxito incuestionable basado en el modelo «todo Incluido» y la masificación de sus costas, el país ha alcanzado una madurez que exige una evolución.

Ya no basta con contar cabezas en los aeropuertos; la métrica del éxito en 2026 debe ser el impacto real por visitante y la sostenibilidad de sus recursos.

El crecimiento exponencial de polos como Bávaro-Punta Cana ha sido el motor de la economía dominicana, pero el éxito trae consigo desafíos de infraestructura, gestión de residuos y presión sobre los ecosistemas coralinos. El turismo que le conviene al país hoy no es aquel que satura las playas, sino el que valora la exclusividad, la autenticidad y el respeto por el entorno.

La llegada de cadenas internacionales de altísimo nivel a zonas como Miches y el desarrollo estratégico de Cabo Rojo en Pedernales marcan el inicio de una era de «baja densidad». Este modelo busca atraer a un viajero con un gasto promedio diario significativamente superior, lo que permite generar los mismos ingresos (o más) con una menor huella ambiental y una menor presión sobre los servicios públicos locales.

La República Dominicana posee activos que sus competidores regionales envidian, como la Ciudad Colonial de Santo Domingo, las montañas de la cordillera Central y una riqueza arqueológica que aún no ha sido explotada en su totalidad.

El turismo que conviene es el multidestino interno: aquel que invita al visitante a aterrizar en Punta Cana, pero a pernoctar en la capital para conocer su historia, o a explorar el ecoturismo de aventura en Jarabacoa y Constanza.

El verdadero desarrollo ocurre cuando el dólar del turista sale de las paredes del hotel. El fortalecimiento del turismo comunitario y el posicionamiento de la gastronomía dominicana como marca país son esenciales. Esto no solo eleva la experiencia del visitante, sino que democratiza los beneficios del sector, impulsando a productores locales, artesanos y pequeñas empresas de servicios.

En el contexto actual de cambio climático, la resiliencia es la palabra clave. El turismo del futuro inmediato debe ser regenerativo. Esto implica inversiones masivas en plantas de tratamiento, regeneración de costas y una transición energética acelerada en los complejos hoteleros. Un destino que no cuida su activo natural está condenado a la obsolescencia.

El turismo que le conviene a la República Dominicana es aquel que es inteligente, diverso y consciente. El país ya demostró que sabe atraer a las masas; ahora el reto es seducir al viajero sofisticado que busca una conexión genuina con la cultura y la naturaleza. La transición del «cuántos vienen» al «cuánto dejan y cómo cuidamos lo nuestro» será el factor determinante para mantener el liderazgo del Caribe en la próxima década.

El modelo de «todo incluido» masivo ha sido el motor histórico, pero el país está apostando por atraer un perfil de visitante con mayor capacidad de gasto.

¿Por qué conviene? Un turista de lujo gasta significativamente más por día que uno de masa, lo que genera mayores ingresos fiscales y divisas sin necesidad de saturar la infraestructura ni los recursos naturales (agua, energía).

Y se ha iniciado ese proceso con la llegada de marcas de ultra lujo como Four Seasons o St. Regis, y el desarrollo de destinos como Miches y Pedernales bajo un esquema más exclusivo.
Descongestionar el eje Punta Cana-Bávaro es vital para evitar el colapso ambiental y social de la zona Este.