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Buena familia… y la boda

Buena familia… y la boda

Dos de mis retoños se casarán próximamente y desde hace meses en mi familia solo se habla de bodas. Un pariente cercano me formuló una pregunta que, aunque ingenua sentí estaba cargada de prejuicios. ¿y los novios, son de buena familia? Traducción no oficial: si son blanquitos y tienen apellido. ¡Uno se imagina apellidos con abolengo que suenan a marqueses o bancos: ¡Vicini, sí, Viciní, no! (la tilde puede cambiar la fortuna).

Recuerdo a mi abuela paterna (banileja, de sangre española), tenía una máxima: “la que escojas debe ser blanca, aunque sea un hueso”. Mi abuelo materno, mulato, aportaba su sabiduría práctica: “hay que mejorar la raza. En esta casa; Negro solo el teléfono y yo”. ¡Dos generaciones en dos frases!  Ser extranjero también cuenta, pero no cualquier nacionalidad; el Caribe en versión cómica y a la vez trágica.

La lista de requisitos de “buena familia” incluía además tener dinero (sin averiguar mucho sobre su procedencia); tener pelo lacio —esas greñas rizadas o afros no encajan, mejor desrizarse desde niña porque quien quiere pelo bonito aguanta jalones—, nariz afilada, labios finos y, por supuesto, todo con tal de que los hijos no “salieran feos”. ¡Qué exactitud genética

Trujillo y sus políticas racistas moldearon la mentalidad y percepción de los dominicanos: blanquear la raza y la narrativa; enseñar a la gente a hacer cálculos de pigmentación como si fueran recetas de cocina. En su política facilitó la entrada de europeos y asiáticos. Ahora, nuestra actual percepción de piel oscila entre “blanco” e “indio” bien sea indio claro o indio oscuro, pero nunca negro ya que solo los haitianos son negros.

Pero la vida tiene sentido del humor. Las parejas reales —esas que se aman y se soportan— vienen con pasaportes, apellidos mezclados y pelos de todo tipo. Afortunadamente, nuestras futuros yerno, y nuera, así como sus familias, resultan ser gente noble, con o sin título nobiliario, y sin ningún plan hereditario sospechoso.

Así que en estas bodas voy a brindar por lo esencial: que mis hijos sean felices, que sus elecciones no dependen solamente del color de la piel ni del brillo del apellido, y que dejemos atrás los prejuicios que nos heredaron. Si la “buena familia” significa amor, respeto y buena cocina, entonces todos somos de la mejor estirpe. Y si no, siempre queda el merengue de “heroína” para arreglar el mundo.