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Chofer Neruda revela detalles muerte del poeta

Chofer Neruda revela detalles muerte del poeta

Manuel Araya, chofer y asistente del poeta Pablo Neruda.

Tras el testimonio y denuncia de Manuel Araya de que Pablo Neruda fue envenenado por un comando bajo órdenes de Pinochet, el juez Mario Carroza dispuso la exhumación de los restos para realizarles estudios genómico-proteico que determinaran la veracidad de lo denunciado.

Finalizada la experticia en laboratorios de Dinamarca, Canadá, Estados Unidos, España, Holanda y Francia, los científicos intervinientes fueron convocados del 16 al 20 de octubre de 2017, a un panel internacional, en Santiago de Chile, para que expusieran ante el juez y las partes querellantes, los resultados de sus indagaciones.

Yo, por lo que me involucra en el caso, estuve como invitado y tomé notas, que aún conservo, de cada una de las exposiciones. Fue escenario del reencuentro con mi compañero de prisión Manuel Araya.
De las tres personas que acompañaron a Neruda los últimos minutos de vida, Araya era único sobreviviente. Fui anotando sus palabras.

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El crimen ocurrió el 23 de septiembre. El certificado de defunción dijo que el deceso se había producido por caquexia producto de cáncer de próstata. Falso. En este panel, los científicos desmontaron esa historia.

Salvador Allende cayó el 11 de septiembre en el Palacio Presidencial, combatiendo heroicamente contra los monstros que atacaron la democracia de Chile.

Pablo Neruda, su gran compañero de lucha, tres días después escribió en su diario: “fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver”.

Neruda sabía que la muerte, acompañada de Augusto Pinochet y su sociedad de matadores, a él también lo andaba buscando. Y lo encontró adormecido en la cama de una clínica donde fue para esconderse hasta que lograra rescatar su obra, olvidada por la prisa en Isla Negra, y montarse, para huir, en el avión que lo estaba esperando.

Ese era el plan, armado desde México por el presidente Luis Echeverría y puesto en práctica por el embajador Gonzalo Martínez Corbalá y un ministro consejero de la misión diplomática.

En agosto, Pablo Neruda pasó muy bien, viajando a Valparaíso. Le gustaba la buena mesa, iban a comer fuera y a veces a compartir con los padres de Manuel. Salían todos los días. Incluso, el 11 de setiembre era el señalado para el acto inaugural de la Fundación Cantaclaro, en unos terrenos de 5 hectáreas, adquiridos para construir un lugar donde los jóvenes se prepararían. Ese era su sueño.
El día 11 todo cambió. Allanaron su casa cuatro veces.

El 23, estando ya en la Clínica Santamaría, pidió a Matilde y a Manuel que volvieran de urgencia a Isla Negra a rescatar los manuscritos olvidados.

Pidió que buscaran una maleta para el embajador Martínez Corbalá. En ese momento fue testigo Homero Arce, su anterior secretario.

Tomamos el té, y él un pan con mermelada. Si don Pablo hubiese estado grave, no nos manda a salir, ni nosotros nos hubiéramos alejado. No estaba para morir; ni siquiera detuvo su trabajo creativo.

En la clínica terminó de escribir el último capítulo de “Confieso que he vivido”, un libro que él tituló “Viviendo entre las tinieblas”, pero Matilde le cambió el nombre.

A don Pablo lo llevamos a la clínica por seguridad, no por enfermedad. Yo dormía frente a la puerta de la habitación, para que nadie entrara, y él leyendo un libro que era muy grueso, que tuvimos que partirlo para que lo pudiera sostener. En la mañana entró al baño, se lavó; yo cuidándolo.

Nos fuimos Matilde y yo a Isla Negra a buscar los libros olvidados. Lo dejamos bien. A las cuatro y media de la tarde llamó por teléfono pidiendo que regresáramos, porque mientras dormitaba entró un médico y le puso una inyección en el estómago.

Volvimos a toda prisa, encontrándolo rojo, muy agitado. Me dijo, “Manuel, tengo fiebre, me estoy quemando por dentro”.

-Estoy convencido de que fue un asesinato-, concluyó Manuel Araya.
El autor es poeta.

Por: Rafael Pineda
rafaelpinedasanjuanero@gmail.com

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