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Con mujeres: equivocaciones sentimentales

Con mujeres: equivocaciones sentimentales

Los que explican la frase de que a las mujeres nadie las entiende señalan que ellas son temperamentales, volubles, cambiantes e impredecibles

Por: Mario Emilio Pérez
marioeperez@hotmail.com

Desde mis lejanísimos días de la infancia estoy oyendo la frase que afirma que a las mujeres nadie las entiende.

Y aquellos que explican el sentido de la expresión, incluyendo algunas féminas, señalan que ellas son temperamentales, volubles, cambiantes e impredecibles.

La letra de una guaracha cubana asegura que “la mujer es como el pan, que hay que comerla caliente; si la dejas enfriar, ni el diablo le mete el diente”.

Y si nos alejamos del género musical popular y nos posamos en los predios de la música sinfónica, escucharemos en el idioma italiano una expresión parecida.

Se trata de la popularísima aria La donna e mobile, de la ópera Rigoletto, de Giuseppe Verdi, parte de cuya letra, traducida al castellano, expresa que la mujer es voluble como pluma en el viento, muda de acento y de pensamiento.

Un viejo amigo, que nunca se ha casado, y ya está próximo a los noventa años de edad, pese a haber vivido numerosos romances, repite con frecuencia esta opinión:

“Si alguna vez estás cruzando una calle de mucho tránsito vehicular,  acompañado de una mujer, y ella te pide un beso, dáselo ahí mismo aunque pueda estropearlos un carro, porque cuando estén en la acera, es probable que se le vayan las ganas”.

Muchos amigos y parientes me han contado situaciones inexplicables que compartieron con representantes del sexo bello.

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Todo se inicia con el cortejo de una mujer libre, no porque ejerza el antiguo oficio, sino porque es soltera, divorciada o viuda.

O sea, que en principio existen escasas posibilidades de confrontación violenta con un “actual” celoso compañero sentimental de la pretendida.

Después de un asedio, especialmente por la comodísima y en ocasiones efectiva vía telefónica, llega a los oídos de ella la invitación a cenar.

Por lo general es a un hotel o restaurante donde exista la posibilidad de bailar,  para los fines del disfrute recíproco de ese permitido contacto físico.

Si al bailar con la contentura de barriga llena que genera la cena se producen apretones de combates de lucha libre, el macho criollo asume que cuando él lo decida se producirá el placentero pecado carnal.

Pero cuando se lo insinúa a su acompañante se produce un impensado rechazo, y si el hombre protesta, podría causar la huida veloz  de la hasta entonces sensual pareja de baile.

Sin embargo, esa misma rechazante cortejada puede que lo llame por teléfono para disculparse por su actitud, y pedirle que la invite nuevamente a cenar, prometiéndole que esta vez tendrá mejor suerte.

A veces las mujeres casadas, o involucradas en una relación amorosa consensual, coquetean con amigos de ella, de su marido,  o de ambos.

Esta chivería, sutil a veces, atrevida otras, contiene frases equívocas que llevan pensamientos precursores del acoso a los hombres.

Pueden ser pronunciadas en un encuentro casual en una plaza comercial, a las cuales puede seguir un diálogo de contenido generador de sospecha.

-¡Querido, desde lejos, al verte pensé: que hombre más bello, lo que indica que no te reconocí!

– Pero lo mismo pienso de ti, no solamente desde larga distancia, sino también cada vez que te tengo cerca, como ahora.

– Estoy segura de que le dices lo mismo a nueve de cada diez mujeres con las que tienes alguna relación de amistad.  

Como sucede con este tipo de comunicación presencial, las cosas por teléfono resultan más peligrosas.

No falta, cuando se produce el divorcio, o la ruptura de la unión libre, que alguno de los interlocutores de los devaneos de infidelidad platónica de la chivirica crea que le llegó su turno fornicatorio.

Y el galanteo, puede ir pasando desde la timidez inicial, hasta la osadía final.

– Estoy seguro que un lote de hombres te han girado desde que se enteraron de tu separación definitiva con tu ex.

– Unos cuantos, pero a todos los he puesto en su lugar, porque soy mujer que se respeta.

– Yo he tenido que aguantarme con los piropos que me echas de cuando en cuando.

– ¿Qué quieres decir con eso de aguantarte? Porque si algún día te piropeé lo hice solo por halagarte. Si creíste lo contrario, podríamos cortar aquí mismo la amistad.

– Perdón, fue que casi siempre que nos veíamos, me piropeabas.

–  Ah,  y por eso es que ahora te propasas, fresco, atrevido,  no me visites, ni me saludes donde quiera que nos topemos, abusador.

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