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Convergencia

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Efraim Castillo

¿Morirá el concepto?

«La inteligencia artificial cambiará nuestra cultura»—Yuval Noah Harari, 2021.

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Para especular si el concepto morirá, es preciso conocerlo, escarbando en su historia, en su producción de continuos, en el papel que ha jugado a lo largo de los asentamientos humanos y las civilizaciones que tuvieron un destacado rol en la evolución cultural del hombre.

 Todo en aproximadamente 50 mil años; aunque a lo que ha llegado el concepto —como representación simbólica— ha sido usado por sumerios, egipcios y griegos, a pesar de que éstos nunca hablaron de él, tal vez porque el manejo de sus palabras se ocupaba de una búsqueda incesante de trascendencias y respuestas, que como en el súmmum del pensamiento aristotélico, dicha indagación se sintetizaba en la contradicción existencia-esencia («Lo mismo, es evidente que la quididad de una cosa no va sin su existencia, pues es imposible conocer lo que es una cosa, cuando uno ignora si ella existe»[Aristóteles: Segundos analíticos, 345 a. C.]).

Fueron los latinos quienes crearon la palabra conceptus como acepción de conceptuoso, pero desligada de su representación actual, que inició su periplo ascendente desde uno de los movimientos poéticos más importante de la historia: la poesía inglesa isabelina y post isabelina de los siglos XVI y XVII (1578-1660), donde figuras como Edmund Spenser y Philip Sidney (quien introdujo el soneto en Inglaterra), inauguraron un idealismo neoplatónico que proyectó la modalidad heroica, provocando la reacción en seguidores como John Donne, que desarrolló la metáfora metafísica e influyó poderosamente en poetas como George Herbert, Henry Vaughan, Richard Crashaw y Andrew Marvell.

Desde esa cúspide alcanzada, apoyada en la metáfora compleja y tropos desprovistos de una lógica que condujera a lo racional, fueron atraídos Ben Jonson, Robert Herrick, William Shakespeare y, más tarde, el genio de la épica inglesa, John Milton, que con El paraíso perdido desarrolló una escuela mítica que aún sobrevive.

Para el diccionario con el que nos regimos los hablantes del castellano (o español), el de la Real Academia, el concepto no es más que “una idea que concibe o forma el entendimiento”; pero es también “un pensamiento expresado con palabras; una sentencia, agudeza, o dicho ingenioso, así como opinión y juicio” (Ed. 1992).

O sea, el concepto, un vocablo proveniente —como expliqué anteriormente— del latín conceptus, que otros filósofos y lingüistas lo vinculan al también vocablo latino concipere (concebir, aprehender —Rosental-Iudin, 1972), que debería traducirse como conceptuoso, no fue tomado en cuenta por ningún creador ilustre hasta esos maravillosos siglos XVI y XVII, donde los poetas metafísicos ingleses lo vincularon como un tropo que podía establecer figuras inimaginables entre la apariencia y la realidad, entrelazando los misterios prodigiosos que la mente humana es capaz de tejer y comunicar a partir de juegos verbales.

Aún hoy, Hamlet, Malcon, Lear y Ofelia son debatidos, estudiados, odiados y admirados por el despliegue que Shakespeare, a través de las palabras, introdujo en sus parlamentos, en sus extravagancias y en las intenciones misteriosas de sus provocaciones.

Efraim Castillo

Efraim Castillo