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Convergencia

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Efraim Castillo

¿Morirá el concepto? (4 de 5)

La IA ha permeado todas las áreas de la actividad humana: economía, producción, clima, diagnósticos clínicos, comportamiento social, etc. —David Cortés Olivo, 2019.

Por qué el concepto, ese “todo que totaliza sus componentes fragmentariamente” (Gilles Deleuze-Félix Guattari, 1991) puede morir, si hasta surgió un arte conceptual y filósofos, psicólogos, críticos, lingüistas, artistas, etnólogos, escritores de ficción y políticos, no pueden prescindir de él, so pena de no levantar admiración y respeto entre sus lectores y auditorios?

El concepto, en sí, es difícil que muera, que desaparezca por completo de los diccionarios y del habla; pero lo que podría morir sería su representación simbólica para identificar constructos genéricos o de correspondencia, utilizados por aquellos que desean impresionar a determinados lectores y auditorios, sustituyendo referencias dadas con pesadas cargas alegóricas que, endosadas a este vocablo, pueden referenciar abstracciones y figuras difusas entre los receptores de sus discursos, así como en la utilización constante del vocablo para señalar determinados concretos; algo que los logaritmos ya establecen en segundos.

Si el concepto es para los lingüistas toda representación simbólica de naturaleza verbal y tiene una significación general que corresponde a una serie de objetos concretos que poseen propiedades comunes, ¿qué lo amenaza de muerte o, en el menor de los casos, qué lo podría relegar a su origen latino: concipere, concebir?

Existe un claro ejemplo donde el concepto se satura en sí mismo: en el llamado arte conceptual, cuando el artista se plantea la sustitución del objeto artístico a través de su formulación conceptual, expresando que más allá de lo explícito de la obra —de la percepción del lector sobre ella— es el propio creador quien tiene una representación simbólica de la misma, ajena ésta a sus lectores; aunque tal como en el arte abstracto, la lectura final conlleva una reflexión sobre su particularidad creativa.

No es de extrañar, entonces, que la mayoría de los artistas conceptualistas hayan provenido del minimal art (Walter de María, Robert Morris y otros, exceptuando a Josef Albers, Kenneth Noland, Larry Poons y Robert Ryman); un espacio vanguardista que cobró gran popularidad a mitad de los sesenta por su apuesta a las geometrías sencillas y la economía expresiva.

Este arte conceptual fue impulsado vigorosamente por Joseph Kosuth y el grupo inglés vinculado a la revista Art & Language, creando propuestas con el “art as idea as idea” (Kosuth: Art after Philosophy, 1969).

Sobre este soporte minimalista, Noam Chomsky emprendió una inusitada aventura: su Programa minimalista, que inició en su monumental gramática generativa de los noventa, en donde el profesor emérito de lingüística del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), proclamó que trabajaba en la construcción de una representación simbólica a partir del minimalismo, que facilitaría la dotación mental al ser humano para adquirir, utilizar y comprender la lengua mediante un sistema que conecta el sonido con el significado y que, según el propio Chomsky, “dejará atrás las antiguas propuestas de representaciones simbólicas de estructura profunda y estructura de superficie” (Chomsky, 1993).

Efraim Castillo

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