Opinión

DETALLES

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Las recientes decisiones de algunas de las llamadas Altas Cortes van  dejado una desagradable sensación en la sociedad dominicana.Aunque pocos le han prestado debida atención, lo cierto es que a pocas semanas de haber entrado en funciones dichas Cortes, un conflicto doméstico presentado en el centro de cómputos de la JCE obligo a una cumbre político- eclesiástica de máximo nivel, igualito que antes de que existieran tantas cortes.

En estos días, el Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral han tomado  decisiones tan desafortunadas que hasta sus flamantes presidentes han tenido que publicar su oposición “razonada”. En ambos casos el guion ha sido el mismo: unos jueces votan y deciden y el presidente del tribunal guarda su honor “razonando” públicamente. Evidentemente que ahí no hubo imparcialidad y que el retorcimiento fue “a la clara”, igual que antes.

Hace más de una década, metidos a modernos en tiempos postmodernos (siempre llegamos tarde, decía Octavio Paz) aprobamos un “nuevo código penal” que ha traído a los dominicanos más penas que justicia. Al final, tenemos más crímenes que antes del mentado código. Claro, en ninguna parte un código penal ha resuelto el viejo y complicado tema de la criminalidad, pero, existe un amplio consenso de que aquella reforma aflojo más el sistema de prevención, disuasión y castigo del crimen.

A finales de los 90, el presidente Fernándezpromovió y aplicó la reforma de las empresas públicas, su “capitalización”,creyendo que se acabarían males como la corrupción, el déficit fiscal y la ineficiencia del Estado. Y así, bajo dicho cencerrose desarticularon en meses y sin misericordia comunidades humanas enteras, que no eran de azúcar aunque la producían; también secreó un embrollo en el servicio eléctrico peor que el que teníamos.

Y la educación no aguanta más“reformas” ¡y mejor que no se hagan! Porque cada vez que se hace una reforma educativa los muchachos de los liceos salen peor.

Es decir, los dominicanos somos reformistas, amantes de las reformas, pero a la vez somos refractarios, porque al final, en los hechos, seguimos igualito que antes.

El Nacional

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