La reciente iniciativa que busca impedir que la Junta Central Electoral entregue recursos a partidos vinculados al narcotráfico reabre un debate necesario y urgente: el financiamiento político en la República Dominicana. Se trata de una discusión que trasciende lo coyuntural y pone en evidencia una preocupación estructural sobre la calidad de la democracia y la legitimidad de sus actores.
Más allá de la propuesta, la realidad es que el país ya cuenta con un marco legal que, aunque no menciona de forma explícita el narcotráfico dentro de la ley de partidos, sí lo aborda de manera implícita y transversal. La normativa vigente establece principios claros sobre el origen lícito de los recursos, la rendición de cuentas y la transparencia en el manejo financiero de las organizaciones políticas.
La Ley de Partidos Políticos dispone que las organizaciones políticas solo pueden recibir financiamiento de procedencia legal, obligándolas a llevar registros contables claros y auditables.
Asimismo, prohíbe de forma categórica el uso de fondos ilícitos, aunque no detalla todas las modalidades posibles de infiltración del crimen organizado. A esto se suma la Ley Electoral, que regula el financiamiento y control del gasto en campañas, estableciendo límites, supervisión y sanciones administrativas.
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En paralelo, la Ley de Lavado de Activos tipifica como delito el uso de dinero proveniente de actividades ilícitas, incluyendo el narcotráfico, e introduce mecanismos para perseguir penalmente estas conductas. El problema, por tanto, no radica en la ausencia de leyes, sino en su aplicación efectiva.
La brecha entre lo que establece el marco normativo y lo que ocurre en la práctica sigue siendo amplia, lo que debilita la confianza ciudadana en las instituciones y en el sistema político. Detectar dinero ilícito en campañas no es una tarea sencilla.
Las estructuras criminales han sofisticado sus métodos mediante el uso de testaferros, donaciones fragmentadas para evadir controles, financiamiento en efectivo difícil de rastrear y aportes indirectos a través de terceros o empresas fachada. Estas prácticas convierten el financiamiento político en un terreno complejo de fiscalizar.
Frente a este panorama, combatir el problema requiere mucho más que declaraciones o reformas puntuales. Es indispensable fortalecer los mecanismos de auditoría, implementar cruces sistemáticos de información con el sistema financiero, y garantizar la independencia de los órganos de control.
Atentamente;
Ana Jiménez, periodista

