El cuento cubano contemporáneo



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Desde principio del siglo XX hasta los años de la Revolución apareció en Cuba un cuento vigoroso y puntero por sus ribetes vanguardistas, caracterizado por un lenguaje casi coloquial que se acercó mucho a la oralidad del habla cubana, y bajo la premisa de una estética fundacional.

Estamos en presencia del cuento que se escribió mucho antes de la Revolución. Fueron necesarias las obras de los maestros Alfonso Hernández Catá, Alejo Carpentier, Lino Novás Calvo, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, y Guillermo Cabrera Infante. Estos autores establecieron en Cuba las bases de una estética literaria que se extendió mucho más allá del continente latinoamericano.

Fue un cuento de largo alcance, porque orientó a una generación posterior de narradores en toda Hispanoamérica. Hay en ellos una denostada conciencia sobre el género y un respeto por las normas que lo amparan estéticamente. Su denominador común fue la búsqueda de un lenguaje que le diera cohesión a una literatura que ya parecía adulta.

Cuando el realismo y el criollismo campeaban su mejor momento, ya estos autores estaban a la vanguardia de una narrativa que daría a la estampa obras valiosas desde el punto de vista de los temas y desde el punto de vista de la búsqueda de un discurso propio con identidad literaria.

Lograron, quizás sin proponérselo un discurso único, rico en expresiones idiomáticas y giros expresivos que son propios del habla cubana. Una literatura, conversacional hasta cierto punto, que se acerca a la gente por su tratamiento coloquial, gracias a esa conciencia y el cuidado que tienen los escritores cubanos por mejorar un idioma cada vez más puro en cuanto a los aportes de nuevas expresiones lingüísticas. La tesis de que la literatura cubana tiene su propio español es muy cierta y se advierte sobre todo en las obras de Lino Novás Calvo, Virgilio Piñeira, Guillermo Cabrera Infante y Alejo Carpentier.

Los temas tratados por estos autores representan esbozos de la cultura cubana porque son sacados de las entrañas mismas del pueblo. Y la mayoría tienen que ver con situaciones cotidianas de la vida cubana, ya sea trozos de su historia, o de la vida política y cultural. Me parece que los libros más emblemáticos de este tramo de la literatura en cuba quizás sean, “La Guerra del tiempo y otros relatos” (1958) de Alejo Carpentier “Cuentos fríos” (1956) de Virgilio Piñeria y “Así en la Paz como en la Guerra” (1960) de Guillermo Cabrea Infante.

Desde los escenarios, el tratamiento de los temas, la atmósfera, los personajes, la trama, los conflictos, el manejo del tiempo y las voces de los narradores hay en ellos toda una teoría implícita sobre el género, que marcó un antes y un después en la literatura cubana, porque fue propia de una poética decantada y universal que revolucionó una época, en cuanto que estos escritores aportaron estilos diversos y maneras universales de narrar las vivencias y las inquietudes de los cubanos más allá de las fronteras.

El reconocimiento internacional que tuvieron estos escritores y la escuela que fundaron, sentaron las bases de una literatura con sello propio, incluso que no pudo ser superada por los escritores posteriores amparados por el mito cultural que creó la Revolución de 1959.

Luego de este tramo en la historia de la literatura, ¿qué vino después de la Revolución? Es bueno apuntar que después de eso el cuento cubano dio un giro, porque en su contenido están muy presentes las luchas políticas y refractarias de la cuba de Castro, así como el retorcimiento ideológico integrado a la literatura. Aquella vieja idea, heredada de la Rusia comunista, de que el arte debe ser un vehículo de trasmisión de los mejores intereses políticos, castró el universo creado por sus antecesores. Quiero advertir que la mejor literatura cubana se escribió mucho antes de la revolución. La muestra de ello son aquellos escritores que se distanciaron desde un principio como son los casos de Reynaldo Arenas, Heberto Padilla, José Lezama Lima, Virgilio Piñerira, Abilio Estévez y Alberto Garrido. La idea de incorporar las inquietudes revolucionarias a la narrativa pudo castrar el efecto estético que provocaron los maestros antes mencionados.

Quizás la orientación de la crítica literaria encabezada por Roberto Fernández Retamar uno de los defensores más acérrimos de la revolución, junto a los ejes de una política cultural dogmática sustentada por Casa de las Américas cuyos ideólogos entendían que la literatura debía estar al servicio de los mejores intereses del Estado. Por causa de estas viejas concepciones, propias de la ortodoxia y el adoctrinamiento marxista leninista.

Quienes apoyaron desde el principio la Revolución Cubana como García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes para sólo mencionar tres casos, desertaron más tarde por causa de estos postulados que vinculan el arte con efectos políticos que a su vez retorcieron los efectos de una creación futura.

En esa perspectiva fue que la Revolución Cubana castró el efecto estético planteado anteriormente por los maestros del género arriba mencionados. Salvo raras excepciones como las de Alberto Garrido, Senel Paz, Miguel Mejides, Abilio Estévez, Leonardo Padura y Severo Sarduy hay un cuento que dista mucho de su estética fundacional.

El autor es escritor.