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La famosa Batalla del Puente Duarte (ese puente que nunca cayó, pese a los bombardeos que solo existieron en la propaganda) se ha convertido en uno de los grandes éxitos literarios del realismo mágico político dominicano. La izquierda no perdió una guerra, perdió un relato y lo escribió después.
Resulta enternecedor el escándalo selectivo. Benoit pidió ayuda a Estados Unidos, «anatema eterno». Pero los “constitucionalistas” que coqueteaban con Fidel Castro o la Unión Soviética merecen altar cívico.
En Venezuela, la tutela rusa, china e iraní es “cooperación estratégica”, pero cualquier presión internacional contra Maduro era “exterminio humano en potencia”.
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El Premio Nobel de la Paz nunca ha sido un concurso de almas puras. Se ha otorgado a figuras que, en contextos críticos, representaron una alternativa frente a males mayores. Y pocas cosas son hoy peores que una dictadura que produce millones de exiliados, hambre, represión y un Estado cuasi fallido.
Comparar a María Corina Machado con un jefe militar de 1965 no demuestra incoherencia del Nobel: demuestra la pobreza del argumento.
El remate humanitario (exigir que Machado reparta el premio entre huérfanos palestinos) no es ética internacional, es retórica de sobremesa. Nada indica que Machado promueva guerras o genocidios. En cambio, el régimen que combate sí ha generado una de las mayores tragedias humanitarias del hemisferio.
Si hoy Venezuela está sumida en el colapso, es precisamente porque allí ganaron los “constitucionalistas”. Y si República Dominicana no siguió ese camino, fue porque algunos (con todos sus errores humanos) evitaron que el país se despeñara por el mismo barranco ideológico.
La izquierda puede seguir repartiendo Premios Nobel retrospectivos y heroísmos de utilería. La historia, en cambio, sigue siendo implacable con los resultados.
Alfredo de los Santos Jorge

