Editorial

El pan nuestro

El pan nuestro

 

Como sagrado ritual de fin de año, los industriales de la harina anunciaron un aumento de un 40 por ciento en el precio del pan y como ha sido hábito, el Gobierno prometió adquirir más de 600 mil teleras con tal de que las discusiones sobre ese incremento se pospongan para el mes de enero.

Es esa una añeja historia fantasiosa, que comienza por señalar que en la mayoría de los supermercados y panificadoras, el pan de cada día cuesta más de cinco pesos y que por tanto, es un eufemismo decir que sería aumentado a siete pesos.

Las principales industrias fabricantes de tan vital producto reportan beneficios en cada cierre fiscal, aunque es posible que medianas y pequeñas panaderías confronten disminución de beneficios, no así perdidas pero, como costumbre hace ley, se requiere antes de cada diciembre llorar aun sea con el buche lleno.

Aunque con o sin aumento, el Gobierno siempre adquiere para diciembre un lote de teleras para incluirlas en las canastas navideñas que distribuye entre familias de escasos ingresos, de nuevo se comprometió a comprar directamente a las panaderías 600 mil unidades de ese tipo de pan, por un valor aproximado de 30 millones de pesos.

Los panaderos dicen que esa compra significaría un alivio para sus atribulados negocios, pero advierten que en enero retomarían su decisión de aumentar dos pesos al pan y de reclamar que sean excluidos del pago del Impuesto a la Transferencia de Bienes Industriales (Itbis).

Aunque ya no se genera otrora crisis de ribetes social, político y económico ante el cronométrico anuncio de los industriales de la harina, de que dejarían de elaborar telera en diciembre, aumentarían los precios o disminuirían su tamaño, la historia se repite como si fuera parte de la tradición de Nochebuena y Año Nuevo.

La verdad es que una pieza de pan cuesta más de cinco pesos en cualquier supermercado y que el producto que se expende en colmados y pulperías no se valora por el precio, sino por su diminuto tamaño, por lo que hace tiempo que las panificadoras ya impusieron lo que expresan como amenaza de fin de año.

Lo mejor sería que Gobierno y sector industrial pongan fin a esa comedia navideña y que permitan que el bendito pan corra la suerte del libre mercado para que los consumidores adquieran el producto que resulte más barato o menos caro.

 

El Nacional

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