El tiempo de la extinción



Cómo la humanidad puede ser, por un lado, el animal que valúa y, por el otro, la amenaza que aniquila a su propia especie y toda otra forma de vida? ¿Cómo es que la humanidad, que se define a sí misma como el ser que inevitablemente elige la vida, lo hace solo salvando la propia?

Hubo un tiempo, y habrá otro, sin seres humanos. Entremedio, hay un mundo humano, ¿cómo sería imaginar un mundo inhumano? ¿Un mundo sin gente? Tal vez, a través del fracaso humano. La era de la próxima extinción obliga, en términos prácticos, a pensar lo incognoscible, lo inimaginable, lo irrepresentable. A pensar la vida, por difícil o imposible que sea, sin la mirada humana.

La última década vio los signos de la amenaza de la extinción en la forma de la aniquilación nuclear, evento único, similar a la aniquilación apocalíptica. Toda otra posible extinción, en contraste, es gradual lo que permite una mínima presencia humana capaz de ver la desaparición de la humanidad.

Después del fin, después que nuestra presencia se haya extinguido, nuestra historia podrá leerse en un sentido cuasi humano. En los estratos de la tierra quedarán inscritas las cicatrices de la capacidad humana para crear cambios climáticos radicales y violentos. Según Claire Colebrook los registros de los fósiles abren un mundo para nosotros al permitirnos leer, desde el presente, el tiempo que precedió a toda lectura, el tiempo en que los humanos todavía no existían. Los estratos continuarán existiendo después de nuestra desaparición y la tierra podrá leerse como un punto del universo.