En el papel de “protector”, Cabral lució cómplice del retorno del país a las revueltas de siempre



La República en armas la encabezaba Pedro Antonio Pimentel cuando los españoles se fueron en 1865. Pimentel, valiente soldado de la nación en armas, dominaba con dureza y arbitrariedad. De ahí el abrumador rechazo entre los restauradores.

Los españoles determinan retiro para el mes de julio. El alto mando restaurador se cuestiona. ¿Quién? Porque el general Pimentel no debe ser. Mientras vivaquea en Cotuí, se elige a José María Cabral y Luna.
Él recibirá de manera formal el mando transferido por los españoles.

Prevalece la excusa de la cercanía, pues Cabral está en San Cristóbal. En realidad se ejecuta un golpe de Estado. No es una novedad, aún en la República en armas.

Recordemos lo acontecido con el general José Antonio Salcedo. Lo hemos acusado de traición para hacerlo saltar de la jefatura de la República.

El 4 de agosto, asentado ya en Santo Domingo, Cabral asume el mando. Introduce, eso sí, algo inesperado en el ejercicio de la Patria nueva. No será Presidente de la República por decisión personal. Será el Protector.

En ocasiones me he preguntado: ¿advertía con ello su proceder? ¿presagiaba el porvenir?
El héroe de jornadas bélicas de la Independencia y de la Restauración no será hombre de Estado.

Ejercerá el cargo, ahora entre agosto y noviembre de 1865, como Protector. Más adelante, en ejercicios posteriores, será Presidente de la República. En realidad, en ninguna de tales ocasiones, será –y no lo fue-, hombre de Estado.

Retornemos, empero, al instante siguiente al recibo de la República tras el retiro español. Esta vez, el 4 de agosto de 1865, calza con su firma, una denominada “Manifestación Popular”.

Extenso el documento, recuerda que el pueblo dominicano “ha restaurado su autonomía, a costa de una laboriosa campaña, en que mucha sangre se ha vertido y cuantiosos intereses se han sacrificado”.

“… por desgracia, la administración que nos ha quedado no tiene los quilates precisos para obra tan delicada y aunque los tuviese, son tantos los cargos que pesan sobre ella, que sus funciones todas están materialmente obstruidas y desconcertadas. Esta es una triste verdad”.

El documento pasa revista a las quisquillas propias del carácter del dominicano, vistas como responsabilidad de Pimentel o de su gestión. Desemboca, todo lo escrito, en el anuncio de la destitución.
Y con ésta, por supuesto, la exaltación de una administración sustituta.

“En esta virtud, invocando la Gracia de la Divina Providencia, protestando que en nada nos mueve ninguna mira de innoble ambición, sino el deseo de contribuir a nuestra seguridad individual y a que la Patria sea próspera y feliz, declaramos solemnemente que desde este momento desconocemos la autoridad del General Pedro Antonio Pimentel, como perjudicial a los intereses de la Nación”.

En seguida se anuncia la elección de Cabral, proclamado Protector de la República hasta el momento de organizarse un gobierno definitivo previa convocatoria de una “asamblea constituyente por medio del sufragio directo universal”.

Cabral convoca a esta Asamblea el 17 de agosto. Elegidos sus integrantes en representación de las provincias, comienza sus labores. Pero estas actividades sufren la interrupción del golpe patrocinado por Pedro Guillermo.

El héroe de guerras republicanas, el Protector de estos días, está llamado a proteger la Asamblea Constituyente. No lo hace, sin embargo. Luce ajeno a la realidad que se vive. Y por esa pecaminosa omisión de Cabral, casi en connivencia con Buenaventura Báez, la República retorna a los desmanes de siempre.