En la era de la globalización, hoy en cuestionamiento, los Estados nacionales, basados en la formación e integración de ciudadanos, estaban llamados —según ciertas corrientes— a ser suplantados por lo que Loretta Napoleoni denominó “Estados Mercado”, cimentados en consumidores y sujetos a la influencia de “relaciones líquidas”. Estos, además, debían especializarse en actividades planificadas por fuerzas transnacionales, dentro de un amplio ejercicio de conectografía planetaria.
Estas dinámicas podían, a su vez, entrelazarse o encubrir prácticas ilícitas vinculadas al Crimen Organizado Transnacional. En ese contexto, la región del Gran Caribe —considerada por Estados Unidos como zona prioritaria de seguridad— ha sido objeto de disputas de influencia geopolítica, con la presencia de actores extracontinentales como China e Irán, así como de redes ilegales y diversos intereses internacionales.
En el caso específico de la República Dominicana, algunos análisis sostienen que se le ha asignado un rol como “Estado pivote” o zona de amortiguamiento frente a la crisis de Haití, país que enfrenta profundos desafíos institucionales y sociales. Bajo esta visión, también se plantea la posibilidad de una integración económica insular, lo que implicaría retos complejos en materia de migración, desarrollo y soberanía.
Se ha argumentado que este tipo de esquemas podría traer beneficios económicos —como mayor inversión o facilidades comerciales—, pero también conllevaría riesgos significativos, incluyendo presiones demográficas, desigualdades estructurales y posibles modelos económicos altamente extractivos.
Uno de los argumentos utilizados en ciertos momentos fue la necesidad de prepararse ante cambios regionales, como una eventual apertura de Cuba. Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas sugiere que muchos de estos planteamientos han sido limitados o problemáticos, y que el modelo insular propuesto enfrenta serios cuestionamientos sobre su viabilidad y sostenibilidad.
En la actualidad, algunos analistas consideran que existe una oportunidad para redefinir estrategias nacionales y regionales, en función de intereses propios y desarrollo sostenible. No obstante, también señalan que esto requiere voluntad política, consenso interno y la capacidad de gestionar presiones externas, tanto de actores estatales como no estatales.
En definitiva, el debate gira en torno a cómo equilibrar soberanía, desarrollo económico y estabilidad regional, evitando caer en dinámicas que puedan comprometer el futuro del país y de la región.
Por: Pelegrín Castillo Semán

