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Esto pienso, esto creo

Esto pienso, esto creo

Los deportes y aquellos que se han agrupado cual partido político

Los deportes, ay los deportes. Avanzamos de tal manera en el engaño con tantas cosas, que ya se nos hace difícil encontrar dentro de tanta basura, la realidad de las cosas, la verdad razonable. Es una impotencia tal, que se hace difícil diferenciar una agrupación deportiva de un partido político; como si dijéramos la sangre del vino, si prefieren, encontrar la verdad de cómo es la cosa. No he conocido a quien, de una u otra manera no le guste el deporte, ya sea para observarlo o hacerlo, pero en lo que, si estamos claros, es que el deporte es el entretenimiento principal del ser humano.

Décadas atrás la fábrica de buenos y excelentes deportistas de competencia provenían de las escuelas públicas y colegios privados, pero los intereses y el desgano de los gobiernos destruyeron el motor que movía esta actividad y que lleva por nombre; Educación Física. Desapareció el deporte dirigido en las escuelas y hoy, las horas de deporte, son solo un momento para que los alumnos tiren unas cuantas bolas a un canasto sin adiestramiento alguno y esto sucede en todos los deportes.

Luego, comenzaron a llegar las Federaciones deportivas y, por ende, los dirigentes deportivos, que solo se preocupan por el papeleo de oficina y la organización de juegos, sin invertir en la preparación general de los que van a hacer las veces de atletas y mucho menos, en el desarrollo de los mismos, una vez terminados estos. Es decir, que lo que prima en ellos, es el presupuesto de los juegos y de todo lo demás se encarga la prensa amarilla, resaltando virtudes que solo existen en el papel en el cual escriben.

El valor y la sagacidad son tan comunes en los salteadores de caminos, como en los héroes

Federico El Grande

Si así no es, solo tomen nota de las reseñas resaltando la bonhomía de los federados o del Ministerio de Deportes, inaugurando jueguitos de patio.

Sobre todo, debemos hacer la salvedad que los deportes los consideramos excelentes en todas sus modalidades, y, desde tiempos ancestrales, así ha quedado demostrado, pero, al igual que otras tantas actividades del hombre, que anteriormente se ejecutaban sin mayor interés que por el deporte mismo -incluyendo la dirección- hoy, podríamos afirmar inclusive, que, hasta la magnificencia de lo romántico en el deporte, ha sido devorada por la ambición monetaria.

Pero en la actualidad, nos encontramos que esto se ha convertido en un gran negocio y muy bien remunerado -lo que no está mal- lo malo de esto es, que los más beneficiados, mucho más, son aquellos que no lo ejecutan, sino, que los administran y en la gran mayoría, su físico los delata como vividores.

En nuestro país los deportes no han escapado a la burocracia y nuestro afán sobre la creación de organismos para ejecutar cosas innecesarias o hacerlas en paralelo con otras existentes. Tal es el caso, que tenemos federaciones deportivas al por mayor y detalle en proporción inversa al crecimiento de los clubes deportivos. Y lo peor es, que de una u otra manera, son subvencionadas por el erario, el mismo que es abastecido con los dineros que el pueblo paga en impuestos, sin que estos dirigentes rindan cuentas claras y mucho menos auditadas.

A todo esto, podríamos agregar que cuando viajan al exterior -hasta en juegos de fogueo- lo hacen como verdaderos emires con sus sequitos.

Podemos dejar de lado, que en cada competencia ponen al desnudo el poco esfuerzo que les ha costado la formación de estos atletas y por igual, ni hablar de donde han ido a parar la gran cantidad de dinero que año tras año, corre y salta por las tuberías de la gran mayoría de federados.

Igual con los juegos militares, que se han desvirtuado en su desarrollo y “enganchar deportistas ya desarrollados” se ha convertido en lo cotidiano. En tanto, estos juegos deberían desaparecer para ser reestructurados y volver a la razón por y para lo que fueron creados, es decir, la formación de atletas militares, para competir entre ellos y acrecentar el espíritu de cuerpo. Así nomás. ¡Sí señor!

Por: Rafael R. Ramírez Ferreira ([email protected])

El Nacional

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