Opinión

Evitemos lo peor

Evitemos lo peor

Pedro P. Yermenos Forastieri
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La democracia dominicana ha sido históricamente pateada. Todo ha ocurrido, a partir de la falsa creencia de que las cosas van a permanecer en un estado de aletargamiento perpetuo.

Las élites, beneficiarias de una situación de bonanza imposible de desvincular de la precaria situación de las mayorías, jamás han contemplado la posibilidad de que esa circunstancia de obscena desigualdad, provoque cambios extremos casi nunca propiciadores de mejores escenarios.

En ese momento, suele lamentarse de forma tardía lo que no se pudo prever por ausencia absoluta de visión y presencia abundante de ambición.


Asombra constatar cómo, capas sociales de sólida formación, provistas de la dirección económica y política del Estado, parecen desdeñar la realidad de que no es concebible apretar durante tanto tiempo las tuercas sociales y suponer que nunca puedan correrse. Eso no dura para siempre.

Luego vienen los lamentos y la denigración de lo surgido pretendiendo eludir su responsabilidad de que los acontecimientos tomaran ese curso inesperado, pero previsible.


Lo triste es que, en esa nueva perspectiva, ellos nunca son los más perjudicados.

Siempre será la gente llana, humilde y poseedora apenas de su esfuerzo cotidiano para satisfacer necesidades perentorias, quien asumirá las más difíciles consecuencias, con la ironía de que, con frecuencia, apostaron, en su desesperación, por opciones que les sedujeron a través del eufemismo de redimirla de su secular estado de miseria. Hasta que sobreviene otra decepción.


América Latina ofrece múltiples ejemplos en esta dirección. Legiones de excluidos que, al unísono, han sido bombardeados con agresivas campañas de incitación a consumos de bienes y servicios que les resultan inalcanzables, hasta que terminan decididos a procurar la satisfacción de sus deseos al margen de los costos no necesariamente económicos que pueda implicar.


Lo anterior incluye violación de normas legales que recaen sobre ellos con mayor severidad; desafío intrépido de autoridades a quienes perciben como verdugos y disposición de adherirse a causas políticas sustentadas por auténticos vendedores de ilusiones que, como todo acto de seducción maliciosa, deviene en dramáticas frustraciones.


República Dominicana no ha estado exenta de episodios de esta naturaleza. Una retahíla de vaivenes gubernamentales ha impedido consolidar una democracia que ha discurrido en una transición que se eterniza.

Sesenta años después de la extinción nominal de la etapa más espantosa de su historia, continuamos debatiendo minucias que hace tiempo debimos superar. Evitemos lo peor. Trascendamos el pasado, cualificando un presente que nos depare un porvenir de esperanza.

El Nacional