En 1878 el “humanista” francés Ernest Renan, autor de “Diálogos filosóficos”, planteaba crear una “elite de seres inteligentes que gobiernen”. En una demostración de elitismo aristocrizante y pre-fascista, manifestaba un odio visceral a los trabajadores de su país y a las colonias.
“Aspiramos no a la igualdad sino a la dominación. El país de raza extranjera deberá ser… un país de siervos, jornaleros agrícolas, trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley”.
“La regeneración de las razas inferiores por las razas superiores está en el orden providencial de la humanidad. …He aquí nuestra vocación sobre países que como China, solicitan conquista extranjera.
La naturaleza los ha hecho una raza de obreros, sin ningún sentimiento de honor. Una raza de trabajadores de la tierra es el negro. Una raza de amos y soldados es la europea. Que cada uno haga aquello para lo que está preparado y todo irá bien”.
Innecesario catalogar estas líneas, que como dijo el poeta martiniqueño Aimé Cesire, no pertenecen a Hitler sino al “humanista” francés Ernest Renan.
Como vemos, las raíces del racismo son de larga data y también de larga data su denuncia, que de manera trágica y hermosa expresa Aimé Cesaire en su Tempestad, adaptación de la Tempestad de Shakespeare para el teatro negro; el barbadense Kamau Braithe y su libro Las Islas, y desde luego Roberto Fernández Retamar con su Calibán, donde cita al Che: “Hay que vestirse de negro, de mulato, de obrero y campesino. Hay que vibrar con el pueblo y las necesidades todas del país”.
La semana pasada el NYT, en su editorial, anunciaba que acababa de comenzar el colapso de Norteamérica, no solo sometida a la mayor tasa de desempleo y desesperanza, provocados por el COVID, sino a la implacable violencia racial de la policía contra las minorías.
La inmediata y agresiva respuesta de millones de blancos, negros, asiáticos y “gente de color”, contra el asesinato de George Floyd solo demuestra el nivel de saturación del público con caso tras caso de violencia racial. Pensé con nostalgia que si aquí, cada vez que los escuadrones de la muerte matan a un joven y lo lanzan como un animal en una camioneta, la gente se tirara las calles, otra cosa fuera.
Terminó con José Martí, en Nuestra América, denunciando el primer genocidio en el continente: “Con Guicaipuro, con Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey, hemos de estar, (y añado con King, Malcom…) y no con las llamas que los queman, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”.
Descansa, George.
Por. Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

