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Honestidad presidencial

Honestidad presidencial

Juan Taveras Hernández

Tengo razones más que suficientes para creer en la honestidad del presidente Luís Abinader.

A lo largo de los años que llevo tratándolo, lo he visto actuar con firmeza ante pequeños hechos reñidos con la ética y la moral de algunos de sus allegados civiles y militares bajo su mando. Esos valores han sido heredados de la conducta vertical de su padre, don Rafael Abinader, mientras ocupaba cargos públicos.

Don Rafael Abinader era un hombre de una conducta correcta, predicando con el ejemplo, tanto en la administración pública como en su casa. Nunca fue señalado como corrupto. Al contrario, todos, incluso sus adversarios políticos, lo recuerdan como un hombre honorable, incapaz de prevaricar o hacer uso inadecuado de los bienes del Estado.

Todo parece indicar que Luís, su hijo, asimiló los valores éticos y morales que le impregnó su padre, don Rafael y su madre, doña Rosa Sula Corona. Como he dicho otras veces, no hay un Abinader haciendo negocios con el Estado.

Este país ha tenido muy pocos presidentes honestos, que no hayan prevaricado, ni impedir inconductas durante su gestión. Tal vez Juan Bosch y Ulises Francisco Espaillat. Ambos duraron apenas siete meses en el poder. En justicia debo reconocer que no hay un solo hecho que vincule al presidente Luís Abinader en actos de corrupción. ¡No lo hay!

Lo mismo puedo decir del expresidente Hipólito Mejía, con quien mantengo un vínculo estrecho desde hace más de 30 años. Nadie, en honor a la verdad, puede acusar a Hipólito de haberse enriquecido con los dineros del Estado. El exmandatario solo tiene una hermana, Chavela, que estuvo en un cargo público de manera honorifica.

No puedo decir lo mismo de los expresidentes Leonel Fernández, capaz de crear una fundación millonaria con recursos obtenidos de manera indecorosa con los suplidores y contratistas del Estado (el cuerpo del delito), ni de Danilo Medina, que ha debido ser investigado y sometido a la justicia por los escándalos de corrupción que involucran a sus hermanos, hermanas, cuñados y generales de su entorno más cercano.

No hablo de conjeturas, especulaciones, deseos de dañar reputaciones, de difamaciones, hablo de pruebas, de documentos que avalen una denuncia, lo cual no siempre ocurre. “Difama, difama, que algo queda”. Los hechos son los que hablan.

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Entre el presente y el pasado existe una gran diferencia: durante “la peste morada” que duró 20 años, la corrupción formó parte de los dos gobiernos presididos, el primero por Leonel, el segundo por Danilo. Los escándalos de corrupción se sucedían uno detrás del otro, sin ninguna consecuencia. Los acusados eran elevados al Comité Político y el Comité Central para que nadie los tocara.