El cierre de la mayoría de las librerías, convulsionadas por la crisis económica, constituye un motivo de pesar y de alarma para una sociedad que no puede dejar morir a una de las más excelsas tradiciones de promoción y fomento del libro y la lectura, hoy en agonía ante la inexplicable indiferencia oficial.
Hace tiempo que decenas de librerías cerraron sus puertas en municipios y barrios, pero ahora libreros emblemáticos informan la próxima clausura de sus negocios, como crónica de inexorable muerte, lo que significa un golpe demoledor para una imprescindible política de promoción cultural.
Thesaurus, una formidable iniciativa editorial, fue la primera en perecer, un cierre que debió concitar preocupación en las más altas instancias del Gobierno, pero la telaraña de abulia está a punto de asfixiar a la librería Mateca, una de las peñas más tradicionales en el ámbito cultural y de promoción del libro.
En agonía están las librerías América, Alejandría, La Trinitaria, Luna y Avance, que operan hoy solo por el coraje y determinación de sus propietarios de no dejar perecer auténticas instituciones que alientan y promueven el conocimiento y el libre pensar.
Resulta un contrasentido que la Cámara de Diputados disponga de 125 millones de pesos para que sus legisladores repartan regalos en Navidad y Año Nuevo, mientras la Dirección General de Impuestos Internos se convierte en garrotera de los libreros, al punto de provocar el cierre masivo de esos establecimientos.
Tampoco se entiende las razones por las cuales el Gobierno no ha puesto en plena vigencia la ley 502-08 del Libro y las Bibliotecas, que exonera del Impuesto a la Transferencia de Bienes Industriales y de Servicio (Itbis) a librerías, consumidores y empresas editoriales.
Impuestos Internos asfixia a los libreros para literalmente recaudar tres centavos por las importaciones y ventas de publicaciones, pero el Gobierno concede exoneraciones por más de 125 mil millones de pesos a un mentado sector productivo, que incluye la preservación del desorden en el transporte público.
Es por eso que la sociedad está compelida a emplear toda su influencia para persuadir al Gobierno a acudir en rescate de las librerías y la industria editorial, porque sería imperdonable que las presentes generaciones permitan que el libro impreso muera en sus manos a causa de su indiferencia.
