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Lo cierto es que el movimiento independentista crecía cada día más. Por ello, el general Riviére Hérard, a finales de junio de 1843, se vio precisado a entrar a nuestro territorio por Dajabón acompañado de doce mil hombres, supuestamente para someter al orden a todos los insurrectos.
El 12 de julio llegó a Santo Domingo y una de las primeras medidas que tomó, después de militarizar la ciudad, fue mandar a encarcelar a Duarte y a sus seguidores más cercanos.
Duarte, ante la embestida haitiana, se vio forzado a salir del país el 2 de agosto de 1843 hacia Caracas, Venezuela (primer exilio), acompañado de Pedro Alejandro Pina y Juan Isidro Pérez.
En fin, lo que el patricio sentía por su terruño amado quedó definitivamente más que comprobado cuando, 23 días antes del nacimiento de la República Dominicana, o sea, el 4 de febrero de 1844, le escribió una carta a su madre y hermanos, desde Curazao, en donde pedía fuese sacrificado el patrimonio familiar, en aras de la patria y sin exigir remuneración alguna. Carta que, por supuesto, fue aprobada por sus familiares.
Y para que el lector comprenda mucho más por qué Juan Pablo Duarte fue grande entre los grandes, humano entre los humanos, y ético entre los éticos; disfrútese el contenido de dicha carta: «El único medio que encuentro para reunirme con Uds., es independizar la Patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds., de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la Patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado.
Independizada la Patria puedo hacerme cargo del almacén, y a más, heredero del ilimitado crédito de nuestro padre, y de sus conocimientos en el ramo de Marina, nuestros negocios mejorarán y no tendremos por qué arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la Patria».
Por: Oquendo Medina
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