Recientemente conversé con mi desaparecida madre, Juana. La avanzada tecnología de estos tiempos (irónicamente en plena pandemia) la llevó, a modo de foto, a mi maltrecho cuarto, en Manhattan, Nueva York.
La sorprendente aplicación denominada Deep Nostalgia, fue el vehículo idóneo que la transfirió a través de mi WhatsApp.
Cuando se presentó ante mí, pestañeó, ladeó el rostro, me miró a los ojos, y medio sonrió. Me quedé atónito, y creo que sentí una taquicardia. Pulsé varias veces la foto que le daba vida, y le conté acontecimientos y avatares.
No bendije aquél ser que simplemente siempre llamé Juana, porque perdí esa costumbre. Pero le di las gracias por los principios y normas que me inculcó. Sin embargo no dejé de reprocharle que, a pesar de ese agradecimiento, entiendo que no me educó para enfrentar esta tormentosa contemporaneidad.
Lamenté decirle que, ella, un ser que sufrió tanto cuando vino a Santo Domingo desde su lar, Sánchez, en Samaná, no tuvo la visión de prepararme para, tras su partida, desenvolverme en el mundo de hoy.
Le dije que su educación aunque con buenas intenciones, tal vez fue fallida. Le aseguré que: “ni la decencia ni la coherencia son admiradas por la mayoría de la gente en República Dominicana”.
“Juana, desde tu mundo ignoto ponte a pensar que, si ahora vivo en Nueva York, prácticamente en un gueto, ello se debe a que además de quedarme solo no tuve agallas para ser corrupto; ni siquiera por omisión”. “Allá hay un mundillo que rechaza a la gente como yo”.
Por: Fernando De Leon
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