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El conflicto entre justicia y mora judicial, además, revela un problema cultural. En entornos donde se normaliza “dejar para después”, la exigencia de rendición de cuentas se debilita. Se instala la idea de que los plazos son flexibles y las normas negociables.
Superar la mora exige reformas estructurales y cambios de conducta. En el plano institucional, implica modernizar procedimientos, incorporar tecnología, fortalecer la carrera judicial y establecer mecanismos de control y sanción frente a las dilaciones injustificadas. En el plano de los auxiliares de la justicia, como jueces, fiscales, abogados, alguaciles, empleados, demanda asumir responsabilidades con puntualidad y honestidad.
Para que la justicia venza a la mora judicial se requiere voluntad ética. La justicia no puede ser un ideal retórico; debe ser una práctica cotidiana, medible y exigible. Cada día de retraso es una oportunidad perdida para restablecer derechos y reafirmar la ley. Elegir la justicia frente a la mora es optar por una sociedad más confiable, donde el tiempo no sea cómplice de la impunidad, sino aliado de la verdad.
En definitiva, la lucha entre mora judicial y justicia no se libra solo en los tribunales, sino en cada decisión que tomamos en la comunidad jurídica. Allí donde se respeta el tiempo del otro, donde se cumplen los plazos y se actúa con diligencia, la justicia deja de ser una aspiración lejana y se convierte en una realidad tangible.
Por todo eso es que celebramos el anuncio de la Suprema Corte de Justicia cuando declaró que logró la eliminación de la mora judicial. Sabemos que esa afirmación es una media mentira, mezclada con una media verdad. Moralmente, produce una mentira completa. Pero algunos se complacen con ella.
Esto así porque son muchos los tribunales que exhiben mora judicial. Fijan audiencias a tres y cuatro meses y mantienen un cúmulo de expedientes que duerme el sueño eterno. Esa es la realidad monda y lironda de nuestra justicia.
Pero hay otra realidad más dolorosa y espantosa en la judicatura: se niega el derecho fundamental del acceso a la justicia por los medios de inadmisión alegres que se declaran. Con esto se cierran las puertas de la justicia, al no conocerse el fondo de los asuntos judiciales.
Ciertamente, en lugar de ser excepcionales, las inadmisibilidades se han convertido en reglas, especialmente, en materia de casación, y eso no es justicia ni eliminación de la mora judicial. Es negación de derechos y evasión del trabajo.
El inconmensurable José Martí, con su lenguaje bíblico, nos enseñó que las palabras no son para ocultar la verdad, sino para decirlas. Y el poeta Pablo Neruda afirmó que las cosas no se arreglan nunca ni con la mentira ni con el olvido. Así sea.

