La historia está llena de mitologías y seres fabulosos porque las mentiras fantasiosas entretienen y llevan la imaginación popular a estadios creativos. Aún hoy, cuando la informática y sus ramificaciones crece exponencialmente, los mitos alimentan los sistemas lúdicos y los licántropos, dragones, grifos, aves Fénix y los héroes de comics, mantienen sus protagonismos en las imaginerías sociales. Y uno de nuestros mitos, la ciguapa —a la que más atención se le ha brindado— no debería morir en el olvido.
Al respecto, Ramón Oviedo (1924-2015) realizó en 1985 una de las exposiciones más impactantes (por su creatividad, autenticidad y coherencia narrativa) que he presenciado en el país: El Mito de la Ciguapa, en donde el Maestro, más allá de la especulación mitológica, abrió su talento a un tema que, más allá de la leyenda, se ha convertido en puro folklore.
En esa muestra, Oviedo abordó la esencia del propio mito como una especie de desahogo estético para configurar la ciguapa como un prototipo de su propia expresión; internándose en el cosmos cultural taíno a través de quince realizaciones de diferentes formatos, en donde el personaje mitológico adquiere un fundamento visual, algo que sólo la tradición oral y una muy contada literatura había definido, como en Javier Angulo Guridi, que la describió en su novela La Ciguapa (1866) como un ser que: “tiene la piel dorada, los ojos negros y rasgados, el pelo suave, lustroso, abundante y el cual rueda por sus espaldas hasta la misma pantorrilla”. Y Juan Bosch en Indios (1935), que la describe como “…una mujer pequeña de cabellos que la visten y sólo camina de noche”.
Asimismo, abordaron el tema de la ciguapa Joaquín Balaguer (Los carpinteros), Manuel Mora Serrano (Goeíza), Ricardo Sánchez Lustrino (La ciguapa, leyenda indígena), Alfredo Fernández Simó (Guazábara), Cayo Claudio Espinal (La muerte de la ciguapa), Orlando Morel (Ciguapapoesía) y Ricardo Rivera Aybar (El reino de mandinga), entre otros.
Sin embargo, la ciguapa de Oviedo no evadió el mito sino que lo condicionó para que adquiriera la estética de una figuración que, lejos de debilitar la leyenda, la fortalecía dentro del espíritu folklórico nacional. Así, en la búsqueda de su propio yo, Oviedo remontó su exégesis, su elucidación hacia las raíces del propio Sur dominicano, rescatando valores y sentimientos que mezcló en el mito del personaje.
Esa búsqueda del mito y las huellas ancestrales de nuestra cultura la prosiguió Oviedo y la expuso en otra exposición que, aún hoy, no ha sido digerida del todo por críticos y coleccionistas: Raíces, (1996), montada en el salón de presentaciones culturales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en la ciudad colonial; coincidiendo con la inauguración de un mural con el mismo título, realizado en el frontispicio del edificio de las facultades de ingeniería y arquitectura de dicha academia (ambos eventos organizados por su Departamento de Extensión Cultural).
Por eso, debemos acrisolar el mito de la ciguapa como una parte intrínseca del propio sujeto dominicano, aunque nos duela —como paradoja— que sus pies marchen hacia atrás.

