La historia no se repite, pero puede parecerse muchísimo”, es un conocido aforismo que toma cierta relevancia a propósito de los eventos ocurridos en el Capitolio de Washington a principios de enero, y que marcaron un punto de inflexión en la política americana y en el tan discutido resultado de las Elecciones Presidenciales de noviembre pasado.
En una publicación de Noticias Bloomberg, el periodista europeo Andreas Kluth compara lo ocurrido en el Capitolio con otros dos eventos históricos acontecidos en épocas muy distantes, pero que encajan perfectamente en cuanto al tipo de ideales y fanatismos que los provocaron: El imperio Romano y la Alemania Weimar. Esta última, por obvias razones, está mucho mejor documentada y más fresca en nuestras memorias.
Obviamente Trump no es un Hitler, dice Kluth, pero hay un paralelo entre ellos. “La Gran Mentira” se conoce como una técnica de propaganda con fines políticos que consiste en invertir y manipular la realidad de una manera tan vehemente y persistente que la mente humana llega a luchar por convencerse de que no es una mentira, y al final muchos sucumben y terminan por creerla.
En el caso de Hitler, este dijo que Alemania nunca fue vencida en la 1ra Guerra Mundial, y que su colapso se debió a los Judios y Socialistas que traicionaron su patria. Por lo tanto esos traidores eran sus enemigos domésticos y debían eliminarlos para volver a hacer de Alemania un gran país.
Esto tal vez nos suene muy familiar. La “gran mentira” de Trump es que a él le arrebataron las elecciones de noviembre, y cualquiera que piense lo contrario se convierte automáticamente en su enemigo y enemigo del estado que el defiende. En base a este argumento infundado se exacerban todos esos movimientos nacionalistas dispuestos a cualquier cosa con tal de “rrenar el robo” de las elecciones.
A Alemania le tomó 14 años caer derrotada (1919 a 1933). Las afinidades entre aquella Alemania y la America de hoy se centran en un progresivo aumento de la desigualdad, que generó una enorme corrupcion de los súper ricos en el senado y las Cortes, y aumentó el populismo como estilo político, apelando a las masas para explotar el anti-elitismo y amasar más poder.
Históricamente así han comenzado las legiones a hacerse leales a un líder carismático y no a una Republica. En este entorno, las mentiras avanzan sin grandes consecuencias al ser asimiladas como realidades, y la violencia finalmente se traslada de palabras a hechos.
Por suerte la historia no llego a repetirse, pero estuvimos demasiado cerca como para ignorar las causas que casi nos lanzan al precipicio.
Por: Gloria Marranzini
gmejiamarra@yahoo.com

