La sociedad dominicana perdió capacidad de orientar a los menores descarrilados



Hubo días del ayer, no tanto en el tiempo como en el carácter de los dominicanos, durante los cuales se afirmaba de los vecinos, que eran nuestros hermanos. ¿Quién es tu hermano?, afirmaba tajante, no tanto preguntaba el antiquísimo aforismo, Y quien lo pronunciaba decía, por igual enfático, ¡tu vecino más cercano!

Esos tiempos quedaron muy atrás en las conductas del país. Por esos tiempos, el vecino tenía autorización plena para regañar a los muchachos del vecindario; más aún, podía aplicar castigos en nombre de los padres en ausencia.

En cambio, hoy, todos negamos al vecino autoridad alguna para vocear con sentenciosa expresión, a nuestros hijos.

He recordado unos vecinos de la niñez, a la familia Vidal-Dahuajre. Mi madre regañó más de una vez sobre todo a Anisito, adulto ya el reconocido cardiólogo a destiempo fallecido. doña Victoria, la madre vecina, por igual reclamó con adusta expresión a mi hermano Antonio. A él, por cierto, guardaba doña Victoria, comida árabe criollizada, sobre todo quipes.

Hoy día, si un vecino llama la atención a muchacho de casa colindante, se encuentra sin rodeos, con un reclamo de los padres. Y no han faltado reyertas que paran en el destacamento policial cercano, debido a la simpleza de un regaño.

Peor es la situación de la escuela. En estos escritos he hablado de profesores que, además de la clase formal, enseñaban costumbres. No pocas veces regañaban y, en casos de conductas muy cuestionables, castigaban.

Si un docente llegaba a estos extremos, los padres aplaudían. La escuela se contemplaba como una extensión del hogar. Por estos tiempos ¡pobre del profesor que proceda reclame comportamientos adecuados. Los padres o uno de ellos, llegará a la escuela para virtualmente comerse a ese docente.

Parte del cambio, justo es señalarlo, es debido a las transformaciones morales sufridas por los dominicanos. Un vecino del pasado era totalmente confiable en todos los sentidos. Era respetuoso, y acentuaba su distancia entre el muchacho o muchacha en crecimiento y la adultez. Un docente era contemplado como una extensión de los pilares de la casa.

Por estas fechas, no es extraño, en cambio, se atraiga con maliciosas mañas a niños y niñas. Vecinos y profesores no son tan confiables como lo fueron en el pasado.

No son excepciones los de una auténtica conducta responsable.

Se perdió, fatalmente, el respeto moral y el reconocimiento de parentescos y peso de la sanguineidad. Los lazos del ascendiente moral no pervivieron ante la catástrofe social. La involución carcomió los cimientos de nuestra sociedad.

La muchachada de estos tiempos, por supuesto, tampoco es la misma. ¡Cuánto saben de la libido, los muchachos de hoy, que, a la misma edad, ignorábamos en mis días! La lascivia permea por doquier. La concupiscencia llama la atención de todos, sin consideración de edades.

Canciones licenciosas, con llamados a relaciones extraconyugales. Escritos atrevidos y lujuriosos. Exhibicionismo de relaciones amorosas, sin miramiento por quienes nos rodean.

Y para que nada quede a una imaginación creativa, ¡se presenta la cinematografía! Llamativa por sus montajes repletos de mágicas imágenes, ha sido instrumento de algunos perversos. Enfermos sexuales han transmitido sus delirios por esta forma de comunicación del quehacer humano.

¡Qué de escenas escandalosas han emergido de guiones, y se han plasmado en películas!
Porque, seamos francos, no pocos guionistas, productores y directores de obras de cine, son personas sin moral.

No lo digo por las acusaciones recientes, presentadas por acoso sexual. Lo digo por cuantoreflejan sus filmografías.

Todo ello, quiérase que no, influye en los modos de ser de la niñez ávida de unos secretos naturales reservados a etapas determinadas de la vida.

Del conocimiento de estos secretos en instantes inadecuados, derivan desempeños sociales recriminables. Y a todo cuanto transmite y permea por ósmosis el ambiente, se suma la relajación de las normas sociales.
La familia es la fuente de la conducta interpersonal. En el seno de la familia se ocultan comportamientos progresivos del pasado, labrados y ennoblecidos por siglos.

Pero… ¿qué ocurre cuando en la familia disfuncional, falta la impulsión del relevo? No solamente no se retransmiten las costumbres sino que, aún peor, se pierden los avances alcanzados en esa línea del relevo.

Eso ha ocurrido en el país. miles, tal vez millones de dominicanos han crecido en el seno de viviendas, no hogares. Son células sociales tronchadas, incapaces de reproducir la educación moral y social heredada del ayer.

El resultado final, por supuesto, es la sociedad que estamos lamentando.