«Isla de las Muñecas» se la conoce con ese nombre porque desde los años cincuenta Julián Santana empezó a protegerse de los malas espíritus con sus muñecas, que colgaba de los árboles alrededor de su chinampa.
Arboles plagados de muñecas, que pueden observarse durante un viaje en lancha por los históricos canales de Xochimilco, se han convertido en amuleto para algunos supersticiosos y en terror para niños y adultos que pasan por allí.
Esos juguetes que causan ternura en las niñas son invocados para ahuyentar a los malos espíritus y mejorar los cultivos, y quien comenzó con esa costumbre fue el campesino mexicano Julián Santana, que durante cincuenta años convivió y conversó con sus muñecas.
Las rumores en esa zona del sur de la Ciudad de México dicen que hace dos años apareció ahogado Santana en su chinampa (huerto flotante en una laguna) y entre las versiones que cuentan los lugareños está la de que fueron las muñecas las que le mataron.
El espacio ha sido acondicionado por la delegación de Xochimilco (una de los 16 vicealcaldías en que se divide la capital mexicana) para contar la historia de ese hombre hosco y solitario, que durante muchos años perdió contacto con familiares y amigos y apareció en la chinampa rodeado de muñecas recogidas de los basureros de la zona.
El cronista de Xochimilco, Sebastián Flores, relató que a la «Isla de las Muñecas» se la conoce con ese nombre porque desde los años cincuenta Julián Santana empezó a protegerse de los malas espíritus con sus muñecas, que colgaba de los árboles alrededor de su chinampa.
«Eran muñecas viejas que colgaba del cuello, algunas como su preferida, ‘La Muñeca’, la arreglaba con collares y lentes oscuros».
Explicó que, después de la muerte de Santana, se cuentan historias de que el campesino puso las muñecas porque una muchacha se ahogó cerca de su chinampa y por temor a su espíritu él las colgaba para protegerse, sin embargo dijo que en su trato con Julián él nunca le mencionó eso.
«En cambio -prosiguió el cronista- sí me decía que las muñecas lo acompañaban, le platicaban y en ocasiones hasta lo arrullaban para poder dormir».
Según Flores, con el paso del tiempo y los constantes recorridos por los canales, jóvenes universitarios se acercaban a su isla con curiosidad y, poco a poco, el hombre ermitaño los dejó desembarcar en su chinampa y hasta compartió con ellos productos de su huerto.
Agregó que, como una forma de agradecimiento, los estudiantes le regalaban muñecas para decorar su isla.
Santana era vecino del Barrio de la Asunción, donde solía tomar pulque después de vender sus hortalizas, hasta que comenzó a predicar Biblia en mano y fue expulsado del sector.

