Los ángeles de hueso



Efraim Castillo

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En ese continuo fluir, Veloz Maggiolo da rienda suelta a una intertextualidad afirmada en múltiples niveles verbales, absorbiendo y transformando apotegmas, máximas, tópicos, como cuando habla de la cuerda gruesa de Juan Ciprián para pescar tiburones y, en una paráfrasis, recuerda el famoso aforismo que Gertrude Stein introdujo en su poema Sacred Emily (1913), “Rose is a rose is a rose is a rose”, parafraseada en el texto como “a la sombra de los tiburones en flor, a la sombra en flor de los tiburones” (AGN, 106), cuyo sentido conduce a ese “todo es lo que es”, condensado por el pueblo como “to e’ to y na e’ na”.

Es preciso apuntar que las palabras tiburón-tiburones aparecen 67 veces y cubren toda la extensión del texto, remitiendo esas inserciones, más allá de las esencializaciones y simbologías, a la lengua, a la isla, a los miedos que se integran a esta cárcel de agua que habitamos.

No podemos olvidar que este texto de Veloz Maggiolo es una experimentación pura, un ejercicio en el que voz y sujeto conforman un lenguaje en busca de reconciliar dos tiempos: el comprendido entre Trujillo y abril del 65, y el que deviene luego y trae de contrabando a un Balaguer que se sospechaba acabado. Por eso, la cohesión de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas se establece como reiteración y lirismo.

Definitivamente, no podría asegurarse que se cuele abundantemente alguna ideología a través del monólogo interior de Los Ángeles de Hueso, en virtud de que el tejido ilógico del texto evade esa responsabilidad, como el de la poesía sustentada en tropos, cuya transferencia modula un metalenguaje.

Sin embargo, en el texto subyace, supervive, una cierta apoyatura ideológica a través del personaje Juan, hermano del sujeto hablante, muerto en un alzamiento guerrillero en Las Manaclas junto a Manolo Tavárez, que lo convierte en el recurso explícito de un dualismo ontológico interiorizado (Schaeffer, La fin de l’excepcion humaine, 2007) que lo abate y mortifica.

Desde luego, cualquier disquisición a través del tejido textual podría caer en la especulación, ya que las figuras y atajos son tentadores, como cuando la almohada le dice al sujeto hablante “que le duelen sus plumas suaves porque el animal que las poseyó protesta suavemente desde la muerte misma.

Le duelen los hilos de la tela porque la máquina que los hizo sustituyó a catorce obreros en una fábrica manual de la calle Hernando Gorjón. Estúpida almohada (…) Yo digo que mi almohada tiene sentimientos socialistas.” (AGN, 69).

Esta novela es la exteriorización de un Veloz Maggiolo cuyo pensar, su verdad, su existir, contradice su propia vida. Pero, como sea, el novelista, de la mano de los que hicieron eco en su solipsismo (tan presentes en los flujos de la conciencia, o soliloquios, así como en la construcción de los tropos), ha estructurado un texto discursivo en el que transparenta no sólo su proyecto antropológico —hoy ampliamente cumplido—, sino su valiente e invariable visión del mundo.